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Cuando su pie pisó el pasto al salir de la estación de trenes, sintió que quería vomitar.

El aire cálido y de olor humedo le recibió, trayendo el aroma de los lagos cercanos y enredándolo en sus fosas nasales. Los nativos del Norte de Gyeongsang, más por adaptación que por cualquier cosa, no percibían este aroma. Pero él, que llevaba más de quince años sin pisar ni un centímetro de aquellas tierras, ahora le resultaba desconocido y algo fastidioso.

Antes había sido normal.

Ahora, estaba provocando cosas raras dentro suyo.

Aspiró profundo decidido a ignorar el aire, y con la hoja de papel de sólo seis palabras impregnadas en tinta magullada en sus manos —la única motivación tangible que tenía para estar allí— emprendió su caminata.

Esperó que su memoria de niño no le mintiera, y recorrió a pie el camino hasta la montaña.

Era una suerte que trajera zapatos deportivos en su bolso, o estaría frito. Taehyung le había convencido de llevarlos, y al parecer, el chico tenía cosas útiles para decir.

Dios, no tienes vergüenza. Dijo su subconsciente. Claro que tiene cosas útiles, ¿se te hizo un hábito fastidiarlo hasta en el pensamiento?

Rió con sequedad, sintiendo la suela gruesa de sus zapatos amortiguar los golpes de las piedras que, desde hace años, habían hecho de carretera. Nada había cambiado, ¿no? Este era el lugar que el gobierno nunca miraba. Eso lo había aprendido de su padre alguna vez. Así que lo poco que había, era porque se había construido por el mismo pueblo. Y no iba a darse al lujo de modificaciones.

Por lo cual, a comparación con Seúl y sus calles señalizadas y elegantes, ese lugar parecía haberse detenido en el tiempo.

Y eso no ayudaba mucho al corazón que, despojándose de corazas construidas por los años, ahora se abrían de golpe.

¿De verdad, estaba allí?

Levantó la mirada hacia el cielo, sin dejar de caminar y arrugando más la carta dentro de su puño. Las nubes como algodones tras el cielo turquesa lo saludaron como a un viejo amigo. Una que tenía forma de tortuga se fundió con otra gran masa amorfa. No parecía real. El estar allí y estar recorriendo esos viejos caminos a su casa.

¿Su casa?

Se mordió el interior de la mejilla. Su terquedad interna lo había alejado de ese término desde que había llegado a Seúl. Nada de familia u hogar. Por ese tiempo, la prioridad era él. Conseguir dinero, y estudiar.

¿Entonces sí podía llamarle así? ¿Estaba bien?

En algún momento sí había su casa. Su refugio.

¿Cómo podía pretender que dejara de sentirse ajena?

Con aquel pensamiento, detuvo su caminata y suspiró con pesadez. La tortuga del cielo era ahora una ballena, y el sol de la tarde comenzaba a enrojecerle el rostro. Miró hacia la montaña, ubicando más o menos su destino entre el arboreto, y se mordió con más fuerza.

No. No quería llenarse de recuerdos. Él era malo lidiando con la nostalgia. Todo ese lugar simbolizaba solo un momento de su vida: no su hogar, o algo definitivo. Así que no lo iba a asimilar de esa forma.

Su corazón no estuvo de acuerdo.

Volvió entonces la cabeza a la carretera, y la estación de tren que se veía a lo lejos. ¿Era muy tarde para volver a casa y fingir que nada había pasado?

El viento se hizo fuerte, y le revolcó el cabello. Por culpa del mismo el papel que tenía en la mano se movió con brusquedad, como queriendo huir de su agarre. Huir de todo.

Control «KookTae» ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora