Capítulo 3.21 Visita a las minas

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Extrañaba a Nick, dos días sin verlo se me hacían eternos, pero entendía que tenía que estar pendiente de todo. Esperaba que estuviera comiendo bien y cuidándose.

—Lo de las minas está delicado —le comenté a Juana mientras esperaba que me sirviera el desayuno.

—Toma su tiempo. Gran parte de los integrantes de la manada están ayudando —me dijo, preocupada, mientras me pasaba el desayuno.

Por suerte, solo ella y la ama de llaves habían quedado en la cocina. Al menos tenía a Juana y a Bernardo.

—El derrumbe fue grave —dije, pensativa.

—Los soportes no resistieron —me respondió preocupada.

Terminé de desayunar y tomé la firme decisión de ir a las minas. Llevaba dos días enteros sin saber de él y mi preocupación seguía creciendo. Solo iría para comprobar que estuviera bien; después me devolvería, pues no quería molestarlo cuando estaba tan ocupado.

—¿Me ayudas a preparar algo de almuerzo para Nick? —le dije a Juana cuando terminé de desayunar.

—Por supuesto —respondió con entusiasmo.

—Vamos —la animé mientras me dirigía a la cocina.

Decidí prepararle un almuerzo alto en proteínas, así que condimenté las carnes y las asé con mucho cuidado. Luego hice unas papas al vapor y las gratiné. Lo complementé con una ensalada de verduras. Para la bebida, preparé una limonada y, como postre, un pequeño flan de brownie.

Le pedí a Juana que empacara todo muy bien mientras yo me alistaba. Quería verme linda, así que elegí un vestido corto en tono bronce, con un estampado que parecía tener hojas. Añadí unos pequeños lazos a las tiras del vestido y me recogí el cabello en una moña baja, dejando algunos mechones sueltos. Completé el conjunto con unas baletas marrones y me maquillé ligeramente para dar un poco de rubor a mis mejillas. Había tomado cursos en línea de maquillaje para aprender a cubrir las ojeras y las zonas pálidas que me dejaba mi enfermedad.

Terminé de ponerme mis aretes y una cadena antes de salir hacia la cocina, donde Juana me esperaba con el canasto de comida.

—La acompañaré, luna —dijo Juana con una sonrisa.

—Está bien —respondí mientras salíamos.

Al salir, nos encontramos con Bernardo, quien venía entrando. Apenas me vio, se acercó rápidamente a nosotras.

—¿Señorita, a dónde va? —preguntó colocándose a mi lado.

—A las minas —le respondí con determinación.

—Vamos, entonces —dijo siguiéndome.

Todos los días, una camioneta llevaba utensilios y provisiones desde la mansión hasta las minas. El conductor era un hombre corpulento, con una gran condición física y un aire intimidante por su seriedad. No tenía cabello, pero lucía una gruesa y larga barba.

—Buenos días —lo saludé, y él se irguió, mirándome con intriga—. ¿Es esta la camioneta que lleva las cosas a la mina? —le pregunté con tranquilidad.

—Sí, mi luna —respondió asintiendo rápidamente.

—No soy la luna —dije tímidamente.

—Para mí lo es. Así que permítame decirle así —me pidió con respeto.

—Está bien —acepté comprensiva.

Desde el eclipse lunar, varias personas me llamaban "luna". Intenté corregirlos al principio, pero al persistir en ello, decidí dejarlos.

6.El Alfa ImplacableHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora