Encerrado

156 19 122
                                        

NARRA MARCUS 

Enderson y Sooka me habían encerrado en una de las casas que aún estaban sin amueblar, ambos custodiaban la entrada en silencio, los había observado por la ventana al intentar salir. Ya me habían amenazado, si intentaba salir iban a dejarme inconsciente y amarrarme, lo que menos quería era no poder enterarme de lo que sucediera con mi ángel. 

Me senté en una esquina reteniendo las lágrimas que luchaban por salir, quería pensar en una estrategia para salir. Pero, ¿qué ganaría?, ¿acaso podría ayudarla? 

Golpeé la pared, si tan sólo la hubiera traído con Cinthya mucho antes en lugar de perder tanto tiempo en ese pueblo maldito. 

Escuché voces afuera, alguien mencionaba mi nombre, pensé que traían noticias de Skellen pero sólo eran mis amigos que querían ver si estaban bien. Los dejaron pasar a todos, se sentaron en silencio a mi alrededor sin atreverse a decir nada. 

—¿No te hicieron daño, verdad? 

Preguntó una de ellos rompiendo el silencio, negué con la cabeza. 

—No, claro que no, todos somos amigos. 

Dije, uno de ellos sonrió nervioso. 

—No parecía que pensaras en eso cuando los atacaste allá afuera. Estabas fuera de control, temía que fueras a hacer… Ya sabes, como con el incidente de la escuela. 

Comentó sin atreverse a dar información de más, quizá pensando que mencionarlo en voz alta me haría volver a perder el control. 

—Si algo le pasa no me quedarían motivos para vivir. 

Dije. Todo lo que amo siempre termina yéndose. 

—Vamos, nos tienes a nosotros. Juramos estar siempre unidos, como hermanos, ¿Recuerdas? 

Dijo uno de ellos, todos asintieron. 

—Sí, no puedes abandonarnos como todos lo han hecho. 

Dijo otro. 

—Además, esa amiga tuya va a tener un bebé, ¿no es un motivo más para ti? 

Mencionó otra, pero con un poco de recelo. Ellos aún temen a los Creepers por aquel momento que cambió tanto nuestras vidas. 

Sonreí desanimado. 

—Saben que no es lo mismo. No se ofendan, pero algo con ella es diferente. 

Dije, se miraron entre ellos sin saber qué más decir. 

—Aún no entiendo qué ves en ella, ni siquiera parece que vaya a aceptar tus sentimientos. 

Mencionó una. Nadie más dijo nada, sólo nos quedamos sentados en el suelo mirando hacia el centro del círculo que habíamos formado. 

Alguien entró, ni siquiera le prestamos atención hasta que estuvo a nuestro lado. 

—Lo siento. 

Murmuró la pequeña apretando los puños como si decir aquello fuera muy difícil. Todos la miramos. 

—¿De qué hablas? 

Pregunté confundido, ella suspiró. 

—Si no te hubiera pedido ayuda con los tontos conejos que ni siquiera se multiplican y que sólo están acabando con nuestras reservas de zanahorias hubieras tenido más tiempo para estar atento a ella. 

Dijo sin poder contener sus emociones; enojo, tristeza y culpa terminaron por hacerla acompañar sus palabras con lágrimas. Avergonzada y furiosa comenzó a tallar su rostro con sus manos en puños intentando detener las saladas gotas que escurrían de sus ojos. 

Vida En Un Mundo LocoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora