Elizabeth

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Estaba jugando cerca de la playa, sentada sobre la arena con los pies dentro del agua mientras limpiaba las conchas que acababa de encontrar bajo el agua. 

—Eli, ya te he dicho que no debes tomar lo que no es tuyo. Las conchas pertenecen al mar, ese es su hogar.

Exclamó mi madre sentándose a mi lado, negué con la cabeza sin dejar mi tarea.

—No tomé nada, sólo quiero jugar un poco con ellas. Prometo regresarlas al mar.

Respondí sonriendo, ella negó con la cabeza sonriendo con ternura. 

—Está bien, pero sólo un rato. Cuando tu padre termine sus actividades iremos a buscar algunas frutas.

Avisó, asentí con la cabeza. Me encantaba ir con ellos a recolectar frutas, la jungla era un lugar muy divertido; siempre había lianas de las cuales columpiarse, escalar árboles grandes, mirar a las aves coloridas y disfrutar de los aromas dulces de las flores. Además que siempre que íbamos mis padres estaban muy animados y terminábamos jugando juntos, siempre aprendía algún nuevo truco en esos viajes.

Ansiosa por ir dejé las conchas dentro del agua, las olas del mar se encargaría de regresarlas. Corrí hacia la casa y busqué a mi padre en la habitación.

Siempre nos repartíamos las tareas de la casa, hoy le había tocado a mi mamá lavar la ropa y mi padre se encargaba de doblarla y guardarla, a mí me había tocado limpiar el patio pero había terminado hace mucho. 

—Hey, ¿a dónde vas con tanta prisa?

Preguntó mi padre divertido al verme entrar con rapidez. Sonreí acercándome a donde estaba él.

—¿Puedo ayudarte? 

Pregunté, él me miró extrañado.

—¿Quieres ayudarme a guardar la ropa? Creía que no te gustaba esta actividad.

Respondió, asentí con la cabeza.

—No me gusta, es demasiado aburrido, pero cuando termines iremos a la jungla a buscar frutas. 

Respondí, él sabía cuando me encantaba ir a la jungla. Sonrió asintiendo con la cabeza.

—Entonces vamos a darnos prisa.

Respondió, asentí con la cabeza tomando una prenda para comenzar a doblarla. Terminamos y salimos en busca de mamá quien estaba preparando las canastas donde traeríamos los alimentos.

Salimos juntos, yo caminaba con emoción adentrándome en la jungla y ellos me seguían vigilándome . Jamás habíamos tenido problemas ni nada, por eso no temían que me alejara un poco adelantándome en el camino.

Como todas las veces anteriores jugamos juntos, recolectamos muchas frutas y aprendí a caminar sobre las manos. Cuando el cielo comenzó a nublarse decidimos regresar a la cabaña. 

Había días donde no teníamos tantas actividades que hacer y mi padre me mostraba más trucos o mi madre me enseñaba a luchar y a utilizar armas. Me gustaba más estar con mi padre y aprender con él trucos divertidos y piruetas, pero ambos decían que aprender a defenderme también era importante así como el uso de armas porque podría haber situaciones donde me enfrentara a algún ser con ventajas. 

Mis padres hacían de todo para protegerme, mantenerme saludable y feliz y por enseñarme todo lo que podían. También había aprendido a cocinar, a hacer todos los quehaceres de la casa e incluso a fabricar algunos objetos, aunque esta actividad implicaba estar más tranquila y al ser activa me distraía demasiado. 

Mis padres trabajaban muy duro para que nada nos faltara, lo que podían recolectar lo hacían y cuando había algún material que no fuera de la zona hacían intercambios con un señor que pasaba rara vez. Este hombre traía un par de animales grandes y graciosos que siempre parecían estar masticando algo, pero nunca me dejó tocarlos ni acercarme. 

Vida En Un Mundo LocoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora