Buscando Venganza

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NARRA SKELLEN 

Desperté con mucho frío, sintiendo mucha hambre y, por algún motivo, demasiado miedo. Al abrir los ojos me costó trabajo acostumbrarme a la oscuridad, pero poco a poco fui descubriendo los alrededores. 

Me encontraba recostada en el suelo frío y húmedo y me rodeaban tres rejas de hierro y una pared. Miré alrededor mientras me levantaba, no parecía haber salida alguna. 

Me levanté mirando mis pies desnudos y sucios, al igual que el vestido que llevaba puesto el cual debía ser blanco. 

—Quizá sea lo que estás buscando. 

Escuché una voz gruesa que parecía venir de la planta de arriba, le siguió el estruendoso sonido de una vieja puerta de hierro abriéndose dejando entrar un poco de luz. Por las viejas escaleras de madera bajaban dos hombres, uno de vestimentas cafés y el otro de camisa azul y pantalón café, el primero llevaba consigo una antorcha. 

—Hace unas semanas que lo tenemos aquí, estaba herido pero lo hemos curado. 

Dijo el primer hombre, el segundo miraba con recelo todo, como si tuviera miedo. Ambos terminaron de bajar, parecía que se dirigían a donde yo me encontraba pero en realidad iban a lo que parecía ser otra celda más pequeña. 

—Aún es algo salvaje y asustadizo, pero mantenlo bien alimentado y no correrás peligro. 

Dijo el de vestimenta café abriendo una de las celdas, tomó un pedazo de pescado viejo que había en una mesa al centro de la habitación y con su aroma atrajo al animal que encerraba. Era un pequeño felino que caminaba como si una de sus piernas le doliera. 

—Parece algo débil aún, pero creo que bastará para mantener a ciertos seres lejos de mi casa. 

Dijo el de camisa azul mirando al pequeño animal, el primero sonrió discretamente. 

—Si lo quieres será tuyo, sólo pido a cambio treinta esmeraldas. 

Exclamó, el primero abrió tanto los ojos que parecía irreal. 

—¿Qué? Son demasiadas esmeraldas a cambio de un animal herido y débil, ¿cómo sé que no va a morir en un par de días? 

Se quejó el segundo, pero al más anciano eso no pareció importarle. 

—Es su precio, ¿acaso sabes lo que hemos invertido en él? Si lo quieres ya sabes cuánto pagar. 

Dijo seguro, el más joven miró al pequeño felino masticando la cabeza del pescado, luego suspiró. 

—Bien, pero si muere en menos de una semana tu me tendrás que devolver mis esmeraldas, ya sea por las buenas o por las malas.

Amenazó, pero el otro no parecía afectado. Con una sonrisa segura recibió el pago acordado, entregó el animal al chico y miró hacia la puerta indicando que saliera. 

Cuando el chico con el felino en brazos pasó frente a mí celda me miró, luego miró al anciano. 

—¿Para qué tienes eso ahí? 

Preguntó, él se encogió de hombros. 

—A veces los compran, dicen que sus huesos son útiles. Pero sigo pensando que no vale la pena. 

Dijo, el otro no respondió nada. Sin decir nada subió las escaleras y salió de la habitación.

El hombre anciano esperó a estar solo para contar sus esmeraldas sobre la mesa, contó dos y tres veces sin borrar la sonrisa de su rostro. Terminada su actividad y sintiéndose satisfecho guardó el nuevo botín en una bolsa de piel, tomó la antorcha y comenzó a caminar hacia la escalera. 

Vida En Un Mundo LocoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora