Capitulo 6

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En la tarde siguiente cuando Nam y yo llegamos al crucero, sonrió. Parece que nos vamos de vacaciones, con nuestras maletas, cuando en realidad, lo que vamos a hacer es trabajar mientras otros disfrutan de sus vacaciones.  ¿Por qué no habré nacido rica?

Los trabajadores tenemos que estar en el barco, veinticuatro horas antes de que lleguen los pasajeros. Nam y yo nos miramos encantadas. ¡Qué cantidad de gente! Un coordinador nos indica nuestro número de recamara, que es diminuta, pero sólo es para nosotras dos. Una vez deshecho el equipaje, subimos a cubierta, donde otro coordinador nos entrega los uniformes y las placas con nuestros nombres que todos debemos llevar.

De pronto, a dos metros de mí, veo pasar a Freen, la impresionante morena del Starbucks, llevando una caja al hombro. Por favor… por favor… por favor… ¡qué lujo para la vista! Quiero que me mire. Quiero que me reconozca. Quiero que me pregunte cuál es mi recamara. Pero para mi desconsuelo, ni me mira, ni me reconoce, ni me pregunta nada de nada.

Nam, que sale de la cocina, me ve mirándola con descaro y se acerca y murmura al oído:

—cómo está la morena.

Asiento con la cabeza mientras, con la boca seca, digo:
—Impresionante. Ella, que me conoce más que mi madre, pregunta:
—¿Cuál es tu plan?

Divertida por la pregunta y sin apartar la vista de ella que desaparece por una puerta del fondo, respondo muy segura de mí misma:

— Voy a conocerla.

Al día siguiente. Cuando suena el despertador y bajo de mi litera, veo que estoy sola. Como Nam está en la cocina, tiene que madrugar más que yo. Lo primero que hago es darme cuenta que estoy mareada. Creo que el barco y yo no nos vamos a llevar bien. Una vez me pongo el uniforme y me recojo el pelo tal como me han dicho, me miro al espejo y me río de mí misma. ¡Vaya pinta que tengo!
Sin querer pensar más en ello, me pongo la chapita con mi nombre y me encamino hacia el salón. El crucero sale al día siguiente a las seis de la mañana y todos quieren pasarlo bien. Durante horas, la gente sigue llegando y sube al barco; parece que no se vaya a acabar nunca. Yo voy de un lado a otro sin parar, y a las seis de la tarde se abren las puertas del restaurante para que los pasajeros puedan cenar. Saint me ha colocado en la zona vip. Yo pensaba que ahí trabajaría menos, pero todo lo contrario. Esta gente adinerada come como salvaje. Sin descanso, llevo platos limpios a las mesas, recojo cubiertos sucios, saco grandes bandejas de salmón, anoto pedidos y abro botellas de champán hasta que de pronto oigo:

—¡¿Rebecca?! Al oir mi nombre miro y rápidamente  identifico: ¡es Faye!, la mujer que se quedó dormida en el sofá.

—Muchas gracias por no dejarme tirada en la calle, linda. Creo que bebí de más.
—¿Crees? Al ver mi cara, Faye suelta una carcajada y asiente.
—Lo admito. Me emborraché.
—Eso está mejor. Sonrío divertida.
—¿Trabajas aquí? me pregunta. Mirándola con cara de ¡Tú eres tonta!, le digo:

—No, qué vaaaaa… En realidad soy la dueña de la compañía, pero me gusta ponerme este ridículo uniforme con esta chapita para que todo el mundo sepa cómo me llamo, y recoger unas cuantas mesas. ¿Tú qué crees?. Faye sonríe.

—Pues entonces nos veremos todos los días mientras dure el viaje.

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