Capitulo 30

572 65 0
                                        


Esa noche, cuando acabo la actuación, llamo a Freen, pero tiene el telefono apagado. Le envío trescientos mensajes para que me llame, pero no lo hace. Dispuesta a encontrarla sea como sea, pregunto a sus compañeros, pero nadie la ha visto. Salgo de nuevo a cubierta, donde me quedo sin saber qué pensar, desconcertada. Irse no se ha podido ir. Estamos en medio del mar y no es tan tonta como para tirarse por la borda. Preocupada, me dirijo a mi cuarto y, al llegar y cerrar la puerta, veo que Nam no está. Me ha dejado una nota que dice:
- Todo el cuarto para ti. Disfrútalo con tu bombón.

Si supiera dónde está. Suspiro y, descolocada, me siento en mi cama. ¿Cirujana? ¿Cirujana cardióloga? Vuelvo a llamarla, pero nada, su telefono sigue apagado. Me agobio. Ahora entiendo el no querer a hablar de su familia. Ahora entiendo su malestar en los últimos días al ver en el barco a Lingling. Ahora que sé que no es quien yo creía, el miedo a perderla comienza a crecer. ¿Y si todo lo que hemos vivido es una mentira? ¿Y si sólo interpretaba un papel?

Miro el reloj. Las 03.12 de la madrugada. Debo dormir o mañana estaré destrozada. Abro el neceser, saco de él las toallitas desmaquillantes y procedo a limpiarme la cara y el cuello. Cuando acabo, me quito la ropa y me pongo un pantaloncito y una camiseta de tirantes finos. En el momento en que estoy a punto de meterme en la cama, alguien llama a la puerta.

Sin importarme mi apariencia, abro y mi cuerpo se relaja al ver que es ella. Mi chica. Mi morena. Mi Freen. Sin hablar, la agarro de la mano y la hago entrar para que nadie nos vea. Una vez cierro la puerta, Freen me abraza y yo la abrazo. Necesito que sienta mi calor y sentir el suyo. Estoy confusa y ella también. Lo sé. Se lo noto y de pronto tengo miedo. Estamos un buen rato abrazadas y sin hablar, hasta que, al apartarme de ella, me fijo en su labio lastimado y frunzo el cejo. Mi niña. No sé qué decir. Estoy tan desconcertada por todo que no sé ni por dónde empezar mis preguntas. Entonces, ella murmura:

—Lo siento. Siento no haberte dicho la verdad sobre quién soy. Está tan confundida como yo y respondo:

—Desde luego, no eres la chica de mantenimiento que yo creía, sino la doctora Freen Chankimha. Al oír eso, mi morena maldice. Su expresión es extraña. Desesperada. Sé que aún está afectada y, cogiendo mi cara entre sus manos, dice:

—Sigo siendo Freen. La misma persona que conociste. ¿De acuerdo, cielo?
—Asiento y ella continúa:
—Sigo queriendo conocerte y necesito darte explicaciones por haberte ocultado lo que has descubierto hoy. Ahora sólo falta que tú quieras escucharme y…
—Claro que quiero escucharte. ¿Por qué no iba a querer?

Su sonrisa se ensancha. Intuyo que mi reacción le ha quitado un gran peso de encima y susurra:

—Mis sentimientos hacia ti siguen siendo los mismos que ayer o que anteayer. Eso no lo dudes nunca, ¿entendido?

Asiento con la cabeza. No quiero dudarlo. ¡Me niego! Dejo que me abrace, que me estreche contra ella, y, sin saber bien por qué, le aconsejo:

—Deberías solucionar lo de tu hermana y tu abuela. Ellas…

Sus músculos se tensan y noto que se aleja de mí. Se apoya en la puerta y, cortándome, me dice:

—No empieces tú ahora. Por hoy ya he tenido bastante.

Su voz de ordeno y mando consigue que me calle. Le contestaría, pero a veces, como dice mi padre, una retirada a tiempo es una batalla ganada, y creo que esta noche es mejor callarse. Pero al ver que no digo nada y no dejo de mirarlo, Freen pregunta:
—¿Qué ocurre?
—Nada. No ocurre nada.
—¿Y por qué me miras así? Su tono y su mirada me hacen saber que vamos a discutir. Lo desea.

—Estás nerviosa. Dejémoslo por hoy y mañana hablamos. Además, Nam va a pasar la noche fuera y tengo el cuarto para mí…
—Te pediría que no hablásemos del tema. Y te rogaría que, por una vez en tu vida, fueras cariñosa conmigo y me dijeras algo bonito. Lo necesito.

Sus palabras me tocan la moral, pero dispuesta a no saltar, me callo; pero mi paciencia disminuye con cada protesta suya. Está visto que hay que discutir sí o sí y, finalmente, resoplo y mascullo sin poder remediarlo:

—Me estás cabreando.

Es decir eso y Freen explota como una cafetera. Enfadada, empieza a reprocharme cosas de Lingling, entre ellas, que no tenía que haber salido con ella a cubierta. La escucho alucinada hasta que le oigo decir:

— Lingling no te escuchará cantar. Me da igual que sea productora musical. Tú no trabajarás para ella.

¿Lingling es productora musical? Nuevamente me quedo impresionada, pero como puedo, respondo:

—Freen, en cuanto a eso…
—No lo voy a permitir, ¿has oído?
La sangre se me revoluciona. Ah, no… Esto sí que no y grito:
—¿¡Qué!?
—Lo que has oído. Tú no vas a ir para trabajar con ella o con cualquiera de sus amigotes.

Intentando entenderla y que me entienda a mí, y digo:
—Ella o sus amigotes quizá me puedan ayudar en mi carrera musical y…
—No. Me niego. Atónita, doy un respingo y grito:
—¿Que te niegas? ¿Cómo que te niegas?
Y, como un volcan a punto de estallar, digo
—Mira, guapa, me has mentido respecto a quién eres y te lo he perdonado porque me gustas, y mucho, a pesar de que no te diga palabras bonitas, como tú quieres. Has venido a mi cuarto, te he abierto la puerta y te he abrazado, pero lo que no voy a permitir es que me digas a qué personas he de conocer y a cuáles no y más tratándose de mi carrera musical, ¿de acuerdo?. Freen no contesta. Su mirada es febril y prosigo:

—Si alguien aquí puede estar molesta o enfadada soy yo. Tú no me has dicho quién eras. Me has ocultado tu profesión. Teniendo a tu hermana y a tu tía en el barco me hiciste creer que eran unas simples pasajeras. Por lo tanto, ten cuidado con lo que dices o prohíbes, porque aquí si alguien tiene que decir o reprochar algo soy yo, no al revés, ¿entendido? Mis palabras no le han gustado.
A mí las suyas tampoco y, antes de que pueda contar hasta tres, abre la puerta del cuarto y se marcha.

JUEGOS DE SEDUCCIONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora