Me revuelvo para soltarme entre sus brazos. Esto no puede estar pasando. No puedo ser tan facilona de nuevo con ella. Me niego. Pero me vuelve a besar y me vuelve a vencer. Ante su beso devastador estoy totalmente perdida. Soy facilona… soy tan facilona como quiera. Mi respiración se acelera. La suya ya es como una locomotora, y siento que me coge en brazos, me lleva hasta la parte trasera del bar, cierra la puerta con la llave, que está puesta, y repite:
—Cásate conmigo.
Cuando voy a protestar, me aprieta contra su cuerpo y me besa. ¡Cuánto he llegado a añorar sus besos. Su todo…! Acabado el beso, pasea la boca por mi rostro mientras murmura, volviéndome loca:
—Te deseo. Te deseo con todo mi ser.
Con el vello de punta y sintiendo lo mismo que ella, dejo que me siente sobre una mesita.
—La primera vez que te hice mía fue en un almacén, ¿lo recuerdas? murmura. Asiento y ya tengo claro que nuestra última vez también será en un almacén. Segundos después, mi vestido cae al suelo junto a su camisa, sus pantalones y nuestra ropa interior. Cuando estamos desnudas, soy capaz de musitar:
—¿Qué estás haciendo, Freen?
—Lo que tendría que haber hecho hace tiempo. Responde, mirándome con amor.
Los pezones se me endurecen ante su respuesta. Lujuriosa, me los toca, los estruja, los acaricia, mientras yo no puedo dejar de mirarla. Sin hablar, me abre las piernas, introduce un dedo en mi interior y, cuando ve mi gesto de aprobación, lo empieza a mover mientras se muerde el labio inferior. Dios… ¡cómo me pone eso! Excitada y olvidándome de todos mis reproches, agarro su pezón y lo estrujo en la mano. Oh, Dios… su tacto…
—Si continúas así, dejaré lo que estoy haciendo para poseerte con urgencia.
Sonrío, eso es lo que quiero. Cuando su dedo sale de mí y me toca el clítoris, siento una enorme descarga eléctrica y suelto un jadeo gozoso, de deseo, de anhelo y lujuria.
Y entregándome a la mujer que me hace perder la razón, murmuro:
—Poséeme como quieras, pero hazlo.
Freen asiente, mientras su dedo continúa excitándome el clítoris para darme más placer. Me conoce. Sabe lo que me gusta y, cuando lo aprieta y yo vuelvo a jadear, susurra contra mi boca:
—Cásate conmigo, caprichosa.
—No. Consigo responder.
—Eres mía. Su tono posesivo y sus palabras me llegan al alma, pero niego con la cabeza.
Mientras cubre mi boca con la suya y su dedo sigue en mi clítoris.
Me muevo, tiemblo, me derrito en sus manos y cuando me tiene totalmente bajo su voluntad, se agacha. Besa mi sexo, lo muerde y, acto seguido, su lengua roza el botón que ha preparado y el placer me estremece y hace que me
empape aún más.
—Oh, sí… no pares. Susurro en voz baja.
Gozosos espasmos recorren mi cuerpo ante lo que Freen me hace. Su boca y su dedo exploran mi interior y yo aprieto mi sexo contra su boca entregándome a ella.
Enajenada por el momento, me tumbo sobre la mesa y, arqueando la
espalda, le dejo ver lo mucho que disfruto, mientras la siento temblar y sé lo mucho que ella disfruta de mí.
Cuando aparta la boca, me coge con cuidado del cuello y, tras un beso con sabor a sexo, me vuelve a penetrar.
—Ahhhh… gimo.
Mi voz…
Mi gemido…
Mi cuerpo…
—¿Te gusta esto, caprichosa?
—Sí. Jadeo, con el corazón acelerado.
—Y esto también, ¿verdad?
—Sí.
—No voy a permitir que nadie te posea como te poseo yo. Cásate conmigo.
—No… No…
Apretando con las caderas entre mis piernas, insiste:
—Cásate conmigo.
Grito. Mi corazon va a mil, el parece decir que sí y la veo sonreír. Posa
las manos en mi trasero, me aprieta contra ella y no me deja que me separe. Ella murmura sobre mi boca, temblando:
—Eres mía y yo soy tuya. Lo notas, ¿verdad?
Me tiembla la barbilla mientras echo la cabeza hacia atrás a punto del
desmayo, cuando Freen afloja. Pero después de eso, me penetra sin parar una y otra vez. Se adentra en mí con una mezcla de locura y posesión y dice:
—No hay nada más hermoso que tú.
Nos miramos a los ojos. Con mimo, le rodeo la cintura con las piernas y, con
los dedos en su pelo, reclamo su boca. Me la da, me la entrega y yo la devoro mientras me levanta de la mesa y sigue.
Sin soltarme y con una posesión irreverente, me hace suya una y otra vez, mientras yo me entrego a ella y disfruto de nuestro morboso juego.
Somos dos animales en celo en nuestros encuentros y, sin duda, este está siendo glorioso. En la relación sexual para nosotros no existen límites, ni tiempo, ni nada. Sólo disfrutamos sin fronteras, ni tabúes.
Vuelve a apretarse contra mí y gimo gozosa, mientras noto cómo mi cuerpo la absorbe y se contrae para ella. Segundos después, nuestros gritos y el sonido de nuestros cuerpos al chocar nos llevan al límite del placer.
Se nos oye jadear en la minúscula estancia, mientras las dos, desnudas, nos abrazamos e intentamos respirar. Nos miramos. No hablamos. Sólo nos miramos
y cuando me deja en el suelo, nos vestimos todavía sin decir nada.
—Cásate conmigo. Insiste ella luego, y yo tiemblo.
—Noooo.
—Dime que sí.
—Pero ¿tú estás loca?
—Estaría loca si no te lo pidiera. Te acabo de hacer el amor. Te acabo de demostrar cuánto nos deseamos, nos necesitamos, nos queremos. Estamos hechos la una para la otra, ¿no lo ves? Cariño, me faltas tú. Te necesito. ¿Qué mas necesitas para decir que sí?
Pero dispuesta a no ceder a pesar de lo que acaba de pasar entre nosotras, respondo:
—No te quiero, Freen. Ya no.
—Mientes. Me quieres con toda tu alma. Lo sé.
—Serás creída. Contesto.
Ella sonríe y, acercándose a mí, murmura:
—Te conozco y sé cuándo mientes, y ahora lo estás haciendo, cariño.
Niego con la cabeza. Intento apartarme, pero no me lo permite.
— Freen. No… no soy buena para ti.
Con una media sonrisa que desarmaría a cualquiera, asegura:
—Lo correcto sería decir que tú eres demasiado buena para mí y que fui la mujer más idiota del mundo al presionarte para que nos divorciáramos.
Pero no podemos volver a destrozarnos la vida, así que le doy un empujón y
la aparto.
—No, freen. Otra vez no.
Le doy vuelta a la llave, abro la puerta y salgo del lugar.
Con mirada desesperada busco a Irin, que al verme, corre a mi lado. Sin que yo se lo cuente sabe lo que ha pasado. Sólo hay que ver mis pelos y mi cara.
Freen nos persigue y, cuando salimos del local, sin importarle que Irin esté delante, dice:
—No voy a desistir hasta que digas que si.
ESTÁS LEYENDO
JUEGOS DE SEDUCCION
RomanceRebecca trabaja de cantante en los hoteles de inglaterra. Está soltera y vive rodeada de su familia. Su vida es plácida y, en cierto modo, acomodada. Pero a Rebecca le gusta experimentar cosas nuevas, y decide adentrarse en el mundo de los intercamb...
