Capitulo 51

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El silencio reina en el comedor, esa mujer malvada me dice:

—¿Me pasas la bandeja de la ensalada?
Si la cojo se la estampo en la nariz así que respondo:
—No. Mi negativa la ha pillado de sorpresa y, cuando me mira, digo:
—Hace poco tuve un jefe al que llamábamos el Rancio, porque no se soportaba ni él. Y mira por dónde, me acabo de dar cuenta de que usted es igual. Son unos amargados que sólo se sienten felices si amargan también a los que están a su alrededor.

Sus ojos echan chispas y los míos fuego, y sigo:

- Freen está soportando todo lo que usted hace o dice porque la quiere, ¿no se da cuenta? ¿No se percata de que como siga así se va a ir y no la va a volver a ver? Haga el favor de parar. Si no lo hace, le aseguro que lo va a lamentar.

—¿Me estás amenazando?
—¿Hoy no me dice lo de inglesa S‌op‌heṇī?
—Me mira. Y le aclaro:
—Ya sé lo que significa y es muy triste saber que usted me llamó algo así. Pero tranquila, Freen no lo sabe. No se lo he dicho. La vieja me mira sorprendida y cuando va a responder, añado:

—Su nieta tiene límites. Y una cosa más, yo no amenazo.

Echándose vino en su copa, bebe un trago. Piensa y luego dice:

—Antes de morir su padre, Freen salía con una mujer que le convenía por edad y por todo y que sin duda le podía dar una mejor vida que la que tú le vas a dar. Nita es una reputada pediatra que podría darle un hogar como Dios manda. Justo lo que mi nieta necesita y que estoy segura de que tú le vas a negar.

Que hable de una ex de mi novia en mi presencia me pone a dos mil por hora, pero en ese momento, Freen entra hecha una furia y grita:

—¡Ya está bien, abuela! ¿Qué es lo que estás buscando?
—La vieja no responde y mi chica dice:
—Nita pertenece al pasado. Asúmelo de una santa vez. Ella y yo nunca vamos a tener nada, excepto una bonita amistad.
—Freen, ¿has olvidado la regla número uno? Freen se calla y yo la miro.

¿Qué es la regla número uno? Tras un incómodo silencio, toma aire y responde:

—No, abuela. No la he olvidado. Pero me he enamorado de Rebecca y…
—Me lo prometiste, Freen. ¡Prometiste que nunca te casarías con una cantante!

Vale. Ya sé cuál es la regla número uno.

—Mamá y Rebecca son dos personas distintas. Y parece mentira que tú, digas eso.

La emoción se apodera del ambiente. Los ojos de Freen y los de su abuela están brillantes de lágrimas y la vieja dice:

—Intento que no sufras...
—Se acabo el presuponer, abuela. Basta de hacer daño a la mujer que amo por el simple hecho de que no sea lo que quieres para mí. Si sigues así, te vas a quedar sola en esta casona y entonces sí que lo vas a lamentar.

Miro a la vieja con cara de ¡Te lo dije!. ¡Olé mi chica! Estoy a punto de levantarme y darle un beso por sus palabras, cuando su abuela continúa:

—Te casarás con ella pero cometerás un error. Te conozco y tú no vas a soportar a una mujer como ésta. Lo sé… Y lo sé porque eres como yo. Buscas otra vida, no la vida de una artista. Y lo que más me duele es que lo sabes. ¡Lo sabes, Freen!, pero no estás poniendo ningún remedio y vas a sufrir tanto como sufrí yo.

La cara de Freen se contrae y me asusto. Espero que le diga que está equivocada, pero no lo hace. Cierra los ojos desesperada. Estoy a punto de liarla. Pero inexplicablemente, en ese momento me acuerdo de richie y murmuro:

—Sólo el oscuro señor de los Siths conoce nuestra debilidad, si informamos al Senado, nuestros adversarios aumentarán.

De pronto, ellas dos me miran alucinadas. Hasta yo me asombro con lo que he dicho. Me da risa y, encogiéndome de hombros, aclaro:

—Lo dice Yoda, el bajito orejotas de color verde de La guerra de las galaxias.

La vieja, desconcertada, no sabe qué contestar y veo que a Freen se le curva la comisura de los labios y me vuelve a mirar con amor. Comemos en absoluto silencio. El ambiente se calma y, cuando traen el postre. La vieja vuelve atacar:

—Espero que sepas comportarte.
— ya estamos otra vez…protesta Freen.
Levanto una mano. Ya estaba esperando ese ataque y, sin amilanarme, replico:
—Tranquila, señora. Mis padres me educaron muy bien.
—Eso espero.
Al ver cómo me mira, pregunto en tono mordaz:
—¿Y a usted, la educaron bien sus padres?
—Rebecca…no empieces tú ahora. Gruñe Freen.

Me levanto y doy un nuevo manotazo en la mesa. ¡Rayos me la acabo de destrozar!

Pero sin demostrarlo, miro a Freen y al ver su gesto confuso, digo:

—Si me disculpas… Me voy antes de que diga algo de verdad hiriente.

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