Capitulo 38

488 63 1
                                        


Suenan los primeros acordes de la siguiente canción e intento centrarme en lo que tengo que hacer. Mi compañero comienza a cantar y, como puedo, le sigo, pero me cuesta centrarme en lo que tengo que hacer. ¡Por el amor de Dios, Engfa está aquí!

Mis padres vuelven al mismo sitio donde estaban cuando los he visto al principio. No se acercan a Engfa. Por suerte no deben de saber quién es. Eso me tranquiliza, pero al mismo tiempo me siento inquieta. Al ver que fallo en los pasos de baile, mi compañero me mira extrañado. ¿Qué me ocurre? Intento disimular mirando para otro lado para no volver a ver a Engfa, y entonces distingo a Faye junto a mi hermano Richie.

¡¿Qué?! ¡Me va a dar algo! A partir de ese momento, actúo metida en un caos emocional. ¡Ni siquiera sé lo que canto! Sobrevivo canción tras canción, que no es poco.
Canto como puedo y cuando veo que mis padres se reúnen con Faye y Richie y luego todos se sientan junto a Engfa, el corazón casi se me sale del pecho.
Pero ¿qué ha ocurrido, de que me he perdido? Miro a mi hermano en busca de explicaciones, pero él se limita a sonreír y guiñarme un ojo. Eso me pone más nerviosa. Lo voy a matar.

Cuando por fin termina el espectáculo, las piernas apenas me sostienen y toda yo tiemblo. No entiendo nada. ¿Cuándo han llegado Engfa y Faye? Y, sobre todo, ¿cómo es que conocen a mi familia? Estoy histérica. Sudo, tengo palpitaciones. Ellos se levantan y echan a andar tranquilamente hacia mí. ¿Qué hago?

Bajo por detrás del escenario y corro al camerino. Mis compañeros me miran extrañados. No entienden qué estoy haciendo. Pero yo necesito tranquilizarme antes de enfrentarme a lo que sea que esté pasando. Con la respiración entrecortada, estoy llegando ya al camerino cuando alguien me tapa los ojos por detrás y me dice con voz ronca y emocionada:

—Adivina quién soy.....

La sangre se me hiela en las venas y creo que hasta el corazón se me va a parar al reconocer su voz. Las rodillas me flaquean y el corazón comienza de repente a bombear muy rapido como si se me fuese a salir del pecho.

Tras unos instantes que se me hacen eternos, Freen retira las manos de mis ojos. No puedo moverme, no puedo mirarla, y entonces ella se pone delante de mí y murmura:

—Hola, cariño.

Me quedo sin aliento. Lleva un traje oscuro y una camisa gris sin corbata. Está impresionante. Alta, guapa, increíble, fascinante, erótica, poderosa, sensual, posesiva y yo intento no desmayarme. Su cercanía, su presencia, su visión me anula la capacidad de pensar.

Da un paso hacia mí. Yo, increíblemente, consigo dar un paso atrás. Su mirada me bloquea. Ella da otro paso hacia mí y esta vez no me puedo mover. Me rodea con sus fuertes brazos la cintura y, acercando esos labios que adoro a los míos, finalmente me besa.
¡Oh, Dios… Oh, Diosssssssssssss! Estoy paralizada. Su lengua se abre paso en mi boca hasta que su exigencia, su pasión, su sabor me hacen reaccionar y le devuelvo el beso con el mismo fervor. ¡Freen ha regresado! ¡Mi amor ha venido a mí! Sin importarme que mis compañeros y la familia pasen por nuestro lado, se paren y nos miren, sigo besando a la que adoro, que quiero, que amo con toda mi alma y, cuando separamos nuestros labios, la oigo susurrar con una sonrisa:

—No sabes cuánto te he extrañado, caprichosa.

Eso me sorprende y prosigue antes de que yo diga nada:

—Te busqué en el barco y me dijeron que tu maravilloso jefe las había despedido a Nam y a ti el mismo día en que yo me fui. ¿Por qué no me llamaste para decírmelo?

Estoy atontada. No puedo hablar. Sólo la puedo mirar mientras aún noto su sabor en mis labios. No soy capaz de reprocharle que no me haya llamado por teléfono, que no haya sabido nada de ella, decirle que sólo he sido un juguete y que me abandonó. No soy capaz de nada excepto de mirarla, enamorarme más de ella y poner cara de tonta. Dios mío, Freen, mi bombón, mi amor, mi morena está delante de mí. Cuando recupero la voz y el sentido común, respondo como puedo a lo que me ha preguntado:

—No te llamé porque no lo creí importante. Sus ojos se abren sorprendidos y dice molesta:

—Rebecca, tú eres lo más importante que hay en mi vida. ¿Acaso no te había quedado claro? No. Definitivamente, no  me había quedado claro.

—¿Tu abuela está bien?. Pregunto.
—Sí. Tras un silencio en el que no nos quitamos la vista de encima, por fin consigo preguntar:
—¿Por qué no me has llamado? ¿Por qué desapareciste?

- No me marché por decisión mía. Sabes que fue por el problema médico de mi abuela. Me he vuelto loca al no recibir tus llamadas y me he forzado a no llamarte. Pero finalmente aquí estoy. He vuelto a dar de nuevo mis pasos hacia ti.

Entiendo su última frase y sonrío. Sin duda tiene razón. Yo también podría haberle llamado...

JUEGOS DE SEDUCCIONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora