Capitulo 92

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Canto una canción como lo hice en Londres. Al mirar hacia abajo, veo a Freen y a Richie en las primeras filas y eso me gusta. Bailo, canto y dejo la piel en el escenario. Cuando acabo, me los he metido a todos en el bolsillo. Les he gustado. Los aplausos son atronadores y yo, tras lanzar un beso al aire y guiñarle un ojo a mi esposa, me marcho encantada del escenario. En el lateral me espera Orm, que aplaude al verme.
—Super… super bién. Emocionada, bebo agua, pues estoy sedienta. Entre risas, regresamos juntas al camerino.

Cinco minutos después, aún estamos riendo cuando entra Freen, me abraza y besa orgullosa y me dice:

—Increíble, cariño. No podías estar mejor. Está feliz. Me lo dicen sus ojos y su sonrisa. Nos besamos y Orm, saliendo, dice discretamente:
—Esperaré fuera por si me necesitas, Bec. Sin separarme de Freen, le digo adiós con la mano, mientras me entrego al devastador y posesivo beso de mi esposa. Luego murmura:

—No te imaginas lo orgullosa que estoy de ti.
—Gracias, cariño.

Tras varios besos más y dulces palabras, me siento ante el espejo y comienzo a desmaquillarme mientras charlamos, hasta que, de pronto pregunta:

—¿Mañana tienes entrevistas?
—Sí. Lingling ha convocado a varios medios y…
—Mi avión sale a las siete de la tarde. Me vuelvo a Los Ángeles. Desconcertada, contesto:

—El mío sale pasado mañana. ¿No puedes quedarte un día más? Freen me mira. Claro que puede, pero responde:
—Pasado mañana mi jefe da una cena y quiero asistir. Yo también tengo compromisos y no, no te puedo esperar.  Durante varios minutos no sé ni qué decir ni qué hacer, hasta que decido seguir su consejo. 
—Freen...
—¿Qué? Responde sin mirarme.
—Te quiero...

A la mañana siguiente, cuando suena mi despertador me doy cuenta de que estoy sola en la cama. Me levanto rápidamente y veo el equipaje de Freen. Eso me tranquiliza. Lingling me espera a las nueve en recepción para las entrevistas, así que me ducho, me maquillo y me pongo glamurosa. Llaman a la puerta. Es un camarero con el desayuno. Cuando se va, me tomo un café. Tengo el estómago cerrado y no puedo comer nada. Al bajar al vestíbulo, me encuentro con Lingling y Orm. Al acercarme, veo que Lingling sonríe de una manera especial. Mi cuñada me besa y yo les pregunto por Freen, pero me dicen que no la han visto.

Todo el mundo me felicita por el éxito obtenido y, como siempre, toreo las preguntas comprometidas lo mejor que puedo. A la una de la tarde, cuando paramos para comer, Freen aún no ha aparecido. ¿Dónde estará? Desesperada, miro a Lingling.

—¿Tenemos entrevistas esta tarde? Ella mira su agenda y responde:
—Sí. Hay dos medios que vendrán a las cinco y a las seis y media respectivamente.

Durante un rato, pienso qué hacer. El avión de Freen sale a las siete y si quiero ir con ella, tengo que comprar un boleto. Así pues, le digo a Lingling:

—Adelántalas. Freen se va en el avión de las siete y me quiero ir con ella. Mi cuñada me mira, pero antes de que diga nada, añado:

—Me importa una mierda lo que digas. Adelántalas o anúlalas. Tras pensarlo un momento, se levanta y comenta:
—Voy a hacer un par de llamadas. Cuando se marcha, Orm me guiña un ojo. Dos segundos después, su esposa regresa y dice:
—En media hora, una de ellas vendrá aquí y a continuación la siguiente.
—Necesito un boleto para el vuelo de las siete de la tarde. El que va directo a Los Ángeles.

Rápidamente, Linglin hace otra llamada.
—En veinte minutos te traerán tu boleto al hotel. Me comunica al colgar. Sonrío, me levanto y, dándole un beso, musito:
—Gracias, cuñada. Te debo una.

Ella niega con la cabeza y, divertida al ver cómo su mujer y yo nos reímos, responde:

—Eso, no lo olvides. Me debes una.

Cuando subo a la habitación tras la última entrevista, son las cuatro de la tarde. Freen no está, pero me ha dejado una nota.

Te veo a tu regreso a Los Ángeles.
FREEN....

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