Capitulo 111

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Una vez acabada la gira europea, llegamos a Los Ángeles, Nam y Orm están esperándonos. Cuando Irin y yo bajamos del avión, sonreímos al verlas, pero antes de abrazarnos a ellas, la prensa ya me ha rodeado. Acabo de regresar a la realidad.
Esa noche, mis amigas cenan todas en mi casa. Hablamos durante horas y nos contamos lo que nos ha ocurrido en ese último mes. Lo pasamos muy bien, pero cuando a las dos de la madrugada ellas tres se van, yo me quedo sola en esta enorme casa. Miro a mi alrededor y veo que todo está como siempre. Nada fuera de lugar. Ahí siguen las fotos de Freen y mías. Furiosa, las recojo y las quito. Quiere que la olvide, que la odie; pues muy bien, ¡lo voy a intentar!
Una vez he eliminado todas sus huellas del salón, subo a mi cuarto y, al entrar en él, sin poderlo evitar, recuerdo nuestros bonitos y mágicos momentos en esa estancia.

Camino hacia el armario y, al abrirlo, su olor me invade. ¡Freen! Su ropa continúa colgada en las perchas. La toco, la huelo. Pero mi mente me grita que debo acabar con eso o nunca conseguiré salir adelante. Bajo al garaje, cojo unas cajas vacías, las subo a la habitación y meto su ropa en ellas. Se las enviaré a su casa y que ella haga lo que le dé la gana.

Cuando voy a cerrar las cajas con cinta selladora, saco una camiseta para quedármela. Necesito su olor. Tras cerrar las cajas, las bajo al garaje y, una vez cierro la puerta, miro el reloj y veo que son las cinco de la madrugada.

Ahora que todos saben que soy una mujer divorciada, sola, no pierden la oportunidad. Al principio alucino. No doy crédito a lo que está pasando. Desde luego, el poder de la prensa es increíble y, para convencer totalmente a mis amigas de que tengo superado lo de Freen, decido quedar con alguno de ellos. Almuerzo con guapos actores, ceno con interesantes modelos, voy a fiestas con impresionantes ejecutivas... en definitiva, ¡me divierto! Aunque ninguno traspasa el umbral de mi habitación. Me niego. No puedo meter a nadie en mi cama. Mi apetito sexual se lo llevó Freen.

Una noche en que estoy cenando con una atractiva modelo portuguésa, Freen aparece en el restaurante junto a una mujer. El corazón se me paraliza al verla. Nos miramos unos segundos y, cuando desaparece de mi vista, por fin puedo respirar. Esa noche, en mi enorme cama sueño con ella. Estamos las dos en el barco, donde nos conocimos, y cuando va a besarme, me despierto sobresaltada. ¡Ya ni en sueños consigo que me bese! Qué frustración.

Dos días después, asisto a una gala con un productor de cine y allí me la vuelvo a encontrar. Por el amor de Dios, ¿tan pequeño es el mundo? Esa noche tampoco se acerca a mí. Ni siquiera me mira. Yo a ella sí. Está guapísima con traje oscuro y camisa y parece divertirse con su grupo. Extasiada por su presencia, sonrío cuando la veo sonreír, y un calor recorre mi cuerpo cuando la escaneo en profundidad.
¿por qué no puedo parar de mirarla? Vuelve a pasarme lo mismo que cuando la conocí en el barco. Yo la miro y ella a mí no. Me ignora. Aunque ahora que lo pienso, me dijo que, aunque por aquel entonces no me miraba, controlaba todos mis movimientos. ¿Estará haciendo de nuevo lo mismo? ¿O realmente le soy indiferente? Durante horas, disfruto no quitándole ojo y, cuando me pilla, miro hacia otro lado. Bailo con mi acompañante. Quiero que me vea feliz y contenta, como yo la veo a ella. Esa madrugada, cuando llego a mi casa me suena el teléfono. Un mensaje. Al leerlo, me quedo atonita al ver que es de ella.

-El vestido que llevas es el que compramos en Nueva York. Estás preciosa con él.

Alucinada, me dejo caer al suelo de la entrada de mi casa y, allí sentada, leo el mensaje millones de veces, mientras pienso si contestarle o no. El teléfono me vuelve a sonar.

-¿Cenarías conmigo mañana?

¡No me lo puedo creer! La respiración se me acelera. Freen, mi Freen, me pide una cita. Me muero por decirle que sí, pero de pronto las palabras..

¡No eres buena para mí! y ¡Me estás amargando la existencia!

Cruzan por mi mente y dejo de sonreír. Por mucho que lo quiera, no puedo hacerle eso. Otra vez no.
Al final no contesto, borro los mensajes y, levantándome, meto el móvil en un vaso con agua.

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