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Las lágrimas brotaban de mis ojos con la misma intensidad que las suyas.

Era la primera vez que lo veía así. Roto. Llorando. Humano.

Christopher Evans, el hombre más deseado de la industria.

El ídolo del porno.

El que parecía tener el corazón blindado.

Ahora temblaba entre mis brazos como un niño que había perdido todo.

—Te amo, Kylie... —dijo entre sollozos—. Te amo más que a mi propia vida...

Mi corazón se partió en dos y, al mismo tiempo, se llenó.

No lo amaba solo por su cuerpo, por su fuerza o su fama.
Lo amaba por esto.
Por su fragilidad.
Por atreverse a llorar en un mundo donde eso estaba prohibido.

Me acerqué más a él.

Lo abracé como si pudiera protegerlo de todo lo que nos rodeaba.

Como si pudiera devolverle con mis brazos todo lo que esta industria le había quitado.

—Soy solo tuya, mi amor... —susurré en su oído—. Siempre estaré para ti, te lo prometo..

Limpié con mis dedos las lágrimas que bajaban por sus mejillas, y luego lo besé.

—Te amo... te amo por siempre —repetí, como una promesa que nacía desde el alma.

Y no sé...

En ese instante, en esa vulnerabilidad tan real, me sentí amada como nunca.

No por el hombre famoso. No por el actor.

Sino por el ser humano que me había mostrado su dolor sin máscaras.

[.....]

Horas después, ya más calmados, estábamos en la cama.

Hablando de la vida. De nosotros. De nada y de todo.

Como dos adolescentes enamorados sin pasado, sin contratos, sin heridas.

Mi cabeza descansaba sobre su pecho desnudo.

Escuchaba los latidos de su corazón.
Eran firmes. Constantes.
Y ahora también eran mi refugio.

Pensé que esto duraría semanas.

Un amor fugaz como tantos en este mundo de excesos y falsedad.

Pero no.
Lo quería todo con él.

Sus sonrisas, sus miedos, sus defectos.
Su locura.
Su corazón.

—¿Quieres comer algo? —pregunté en voz baja, levantando la mirada hacia él.

—Te quiero comer a ti —dijo con una sonrisa torcida, aún con el labio hinchado.

Reí.

Dios, incluso con el rostro golpeado seguía siendo el hombre más hermoso del planeta.

Y aunque me quejaba de su humor, sabía que él decía "rana" y yo ya estaba saltando.

Me incliné y lo besé con suavidad.

Sentí el temblor en su cuerpo, pero ya no era por rabia.

Era deseo. Era alivio.
Era amor sin palabras.

Su piel seguía caliente bajo mis dedos.

Deslicé mi mano por debajo de su ropa interior, sin apuro, sin guión.

Porque aquí nadie nos miraba.
Porque aquí todo era real.

Nos entregamos el uno al otro como si quisiéramos borrar con caricias todo lo sucio que habíamos vivido.

Como si hacer el amor —de verdad, sin cámaras— fuera una forma de decirnos "aquí estoy, aún creo en ti".

Chris me miró a los ojos con esa intensidad que solo él tenía.

—Eres lo más hermoso que tengo —susurró, acariciando mi rostro con los nudillos marcados por la pelea.

Y yo, completamente desnuda y sin miedo, me sentí por fin libre.

Libre de fingir, de actuar, de sonreír cuando por dentro quería gritar.

Aquí, en sus brazos, en esta cama, con su voz rota y su alma abierta...
sentí que tal vez, solo tal vez, aún había algo puro en medio de todo este infierno.

Y eso...
era amor.

Pornstar LoveDonde viven las historias. Descúbrelo ahora