Dos estrellas del porno que se encontraron entre la ruina y el deseo.
Una historia de dos cuerpos usados por otros...
...que aprendieron a amarse en medio del ruido, el dolor, la fama y la oscuridad.
25-10-21.
BY: ITZEL LUGO.
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Desde que comenzó la pandemia, todo se vino abajo.
Las calles vacías, los días eternos, el miedo flotando en el aire como veneno invisible.
Y también nosotros.
Pasamos de tener sexo todos los días —con desesperación, con hambre, con locura— a hacerlo solo tres veces a la semana, como máximo.
El deseo seguía ahí... pero había algo diferente. Una sombra. Un muro. Un hueco que empezaba a crecer entre nosotros.
Pero nos amábamos. Dios... cuánto nos amábamos.
—¿Quieres un helado? —dijo Chris abrazándome por detrás, con esa sonrisa que siempre me desarmaba.
Asentí. Él me besó el cuello y me compró mi helado favorito.
Caminamos tomados de la mano, como si fuéramos una pareja normal, como si no estuviéramos arrastrando un pasado que todavía ardía.
[.....]
Después de casi todo el día en la calle —entre filas, trámites, desinfección, cansancio—, finalmente regresamos.
—Me duelen los pies... —dije al bajar del auto, quitándome los tacones como si me arrancara una cadena.
Chris bajó con mis zapatos en la mano y me alzó en brazos.
—Nos vamos a dar un baño, nos vamos a desinfectar y después... te voy a relajar —dijo besando mi cuello.
Asentí, cansada, agradecida, enamorada... y llena de algo que no sabía nombrar.
¿Rabia? ¿Tristeza?
[.....]
Ya en casa, limpios, en pijama. Listos para dormir... o tal vez no.
Chris masajeaba mis pies mientras veíamos una película.
Sus dedos se deslizaban con esa precisión que solo él tenía.
Que solo él había aprendido con mi cuerpo.
—¿Ya te dije que me excitan tus pies? —dijo, metiéndolos a su boca.
—Miles de veces —reí, entre un poco de pudor y un poco de morbo.
Pero mientras él los lamía, yo no podía dejar de pensar en otra cosa.
Su mano bajó lentamente hasta mi entrepierna.
Su lengua acariciaba mis dedos mientras sus dedos comenzaban a acariciarme.
Mordí mi labio inferior, me incliné hacia él y lo besé con hambre.
Con rabia. Con amor.
Le arranqué la camiseta. Él hizo lo mismo con la mía.
—Eres el amor de mi vida, te lo juro —susurró con la voz ronca mientras me besaba.
Yo sonreí, pero no pude evitar mirar sus ojos... como buscando una grieta, una mentira.
—Tú eres el mío, el único, el que amo hasta el dolor —dije.
Chris me miró, profundo.
—Te amo más que a mi propia vida...
Y ahí... me quebré por dentro.
¿De verdad? ¿Me ama más que a su propia vida... y aún así no puede dejar de acostarse con otras?
¿No soy suficiente? ¿No basto para que renuncie a eso?
Chris me recostó en la cama con la dulzura que me hacía temblar y, sin palabras, bajó por mi cuerpo como un hombre devoto.
Besó mi feminidad. Su lengua se movía con ritmo lento, firme, preciso.
Era perfecto.
Y eso me dolía.
Arqueé la espalda, apreté las sábanas... pero no por placer. Por desesperación.
Porque amaba esto. Porque lo deseaba tanto. Porque lo odiaba tanto.
Subió hasta mis pechos, los besó, los adoró como siempre lo hacía.
Metió dos dedos en mí mientras sus ojos me devoraban.
Chris era un dios del sexo.
Su cuerpo era irreal, su manera de moverse, de mirar, de tocar... todo en él era perfección.
Y por eso lo odiaba más.
Porque no era solo mío.
Porque había cientos, miles de mujeres más que lo tocaban, lo montaban, lo gemían.
Era mío... pero solo unas horas.
¿Era egoísta por quererlo entero?
Sí. Y no me importaba.
Yo lo quería todo. Su cuerpo, su alma, su deseo. Su fidelidad completa. Quería que nadie más supiera cómo besaba. Cómo lamía. Cómo se movía dentro de otra.
Chris me penetraba lento, con sus gemidos mezclándose con los míos.
Mi rostro estaba enterrado en su cuello.
El aroma de su piel mojada me invadía. Su sudor, sus suspiros, el ritmo animal de sus caderas...
Y sin embargo... me sentía sola.
Sola dentro de un cuerpo amado. Sola mientras era follada como si fuera la única. Porque sabía que no lo era.
Y eso, eso es lo que te rompe por dentro cuando estás atrapada entre el amor y una industria que te arrancó la dignidad.
Chris me tomó del rostro. Clavó su mirada en la mía. Introdujo su lengua en mi boca y fue entonces... cuando estallé.
Mi orgasmo fue brutal. Violento.
Un grito ahogado entre la rabia, el placer y la tristeza.
No sabía si llorar o correr. Si pedirle que me abrace... O que se largue.
¿Cómo se supone que debo sentirme?
Cuando mi esposo tiene sexo con mujeres que no soy yo.
Cuando lo hace por dinero, por placer, por contrato, por costumbre.
¿Cómo se supone que una mujer se mira al espejo cuando sabe que la mejor parte del hombre que ama... también le pertenece a otras?