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—No vuelvas a tocar a mi hija... —dijo Christopher con una voz tan fría, tan profunda, que por un momento incluso el aire pareció detenerse.

Sujetaba la mano de Kiara con tanta fuerza, como si su piel fuera el único ancla que lo mantenía en este mundo.

Yo estaba paralizada.

El corazón me latía con un dolor que apenas podía describir.

Todo esto... esto no podía estar pasando.
No otra vez.

Nos alejamos de aquel infierno disfrazado de centro comercial, caminando con los pasos más pesados de nuestras vidas hasta llegar al estacionamiento.

Chris no decía nada.

Solo apretaba la mandíbula y miraba al frente.

Su rostro... estaba rojo, vibrante de rabia contenida, y sus ojos, cristalizados por lágrimas que se negaban a caer, hablaban de una herida que se había abierto de golpe, sin aviso.

—Christopher... —escuchamos detrás de nosotros.

Esa voz. Ese nombre. Esa figura.

La sombra de su infancia rota se había levantado del pasado. Y nos estaba siguiendo.

—Sube a los niños —dijo Chris, mirándome de reojo, sin quitar la vista de él.

Como si temiera que ese monstruo se acercara un centímetro más.

—Sube al auto tú también —le dije tomándolo del brazo. Estaba temblando. Pero yo también.

—¿Son mis nietos, Christopher? —preguntó el hombre que alguna vez se atrevió a llamarse su padre.

Un escalofrío me recorrió la espalda.
Ni siquiera me atreví a mirarlo a los ojos.

Subí a Dylan en el portabebé con manos temblorosas.

La piel me ardía.
Cada célula de mi cuerpo gritaba "protégelos".

—Ven, Liam... vamos, bebé...

Pero entonces su voz rompió otra vez el aire:

—Niños... soy su abuelo...

—¿Mi abuelo? —preguntó Kiara, confundida.

—Aléjate —dijo Chris, tomando a Liam en brazos y subiéndolo al auto sin miramientos.

Cerró la puerta con fuerza.

Sus pasos lo llevaron directo hacia él.

Cada uno más firme, más decidido, más cargado de una furia que venía acumulando desde que era un niño.

—¿Qué demonios quieres? —escupió Chris con una voz quebrada pero firme—. ¿No estabas en prisión?

—Quiero arreglar las cosas...

Chris soltó una carcajada amarga, cargada de veneno, de dolor, de ironía.

—¿Arreglarlas? ¿Con qué cara vienes a decir eso?

—Hijo, por favor...

—¡Yo no soy tu hijo! ¡ME DAS ASCO! —espetó Chris con los dientes apretados.

—Perdóname...

—Es muy fácil decirlo, ¿sabes? Pero tú no tienes idea del infierno que sembraste en mí

—Empecemos de nuevo, por favor...

—¿Cómo demonios se empieza de nuevo con alguien que me violó, que me vendió? ¿Tú sabes lo que hiciste? ¡TÚ ME DESTRUÍSTE LA VIDA!

El hombre bajó la mirada. Lloraba. Pero era tarde.
Las lágrimas ya no valían nada.

—Estoy arrepentido, hijo...

—¡No digas esa palabra! ¡NO TIENES DERECHO A LLAMARME HIJO! ¡Yo me hice solo! ¡Yo me reconstruí desde las ruinas que dejaste! ¡Y no fue gracias a ti!

—Solo quiero conocer a mis nietos... y pedirte perdón...

—NUNCA en tu maldita vida te vas a acercar a mis hijos —gruñó Chris, señalándolo—. NUNCA

—Solo te pido una oportunidad...

—¡Suban al auto! —dijo Chris volviendo hacia nosotras.

—Sube al auto, linda —le dije a Kiara, con voz temblorosa. Ella no se movía. Tenía miedo.

Y fue entonces que ocurrió.

Él la tocó.
Ese hombre... se atrevió a tocarla.

—Soy tu abuelo, linda... por favor, dile a tu padre que me perdone...

Y el mundo explotó.

—¡NO LA TOQUES! —grité, empujándolo con toda mi fuerza mientras jalaba a Kiara hacia mí.

Y Chris... Chris perdió el control.

El silencio en su interior colapsó en un solo instante.

—¡ALEJATE DE ELLA, MALNACIDO! —rugió mientras se abalanzaba sobre él como una furia desatada—. ¡NO VUELVAS A TOCARLA!

Le apretó el cuello con una mano y lo estrelló contra la pared con una fuerza sobrehumana.

Como si en ese segundo, el niño herido y el padre protector se hubieran fusionado en uno solo.

—¡TE VOY A MATAR! —gritó entre lágrimas, mientras lo ahorcaba—. ¡NO VOY A PERMITIR QUE HAGAS CON ELLOS LO QUE ME HICISTE A MÍ!

—¡Mi amor! —corrí hacia él, con el alma hecha trizas—. ¡Por favor, mírame!

Chris estaba tan perdido que parecía que no me escuchaba.

Estaba atrapado. En su dolor. En sus recuerdos. En sus fantasmas.

—¡NO VUELVAS A TOCARLA, HIJO DE PUTA! —volvió a gritar—. ¡TE JURO QUE TE MATO!

—CHRISTOPHER, ¡YA! —le grité con el alma—. ¡NO VALE LA PENA! ¡NO LE DES TU VIDA! ¡YA NO LE PERTENECES!

Y ahí, por fin...
Por fin me miró.

Sus ojos estaban rojos. Su pecho agitado. Sus manos temblorosas.

Soltó a su padre.

Lo dejó caer como la basura que era.

Se apartó. Se limpió las lágrimas con rabia. Me miró.

—Nunca más —dijo con la voz rota—. Nunca más dejaré que el pasado toque a mi familia

Se volvió hacia él una última vez.

—No vuelvas a acercarte. Porque la próxima vez no seré tan misericordioso.

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