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KYLIE

Era feliz.
Plenamente feliz.

Más de lo que jamás imaginé ser.

Después de todo lo vivido... los rodajes, las humillaciones, los insultos, los abusos, las noches vacías, los gritos ahogados bajo las luces artificiales...

Después de todo eso, tener a un hombre como Christopher era casi irreal.

Me amaba con devoción.
Y yo a él.

Nada pedía más que esto.
Una vida en paz.
Una vida de verdad.

[.....]

Esa mañana fue agotadora.

Tuve que visitar tres locales distintos de mis negocios, resolver un problema con proveedores, y supervisar una campaña nueva.

Pero al llegar a casa...

Ahí estaba él.
Mi hogar.
Mi refugio.
Mi todo.

Cocinando sin camisa, con el cabello despeinado y una sonrisa que me hacía olvidar el mundo.

—Hola... —dije mientras dejaba el bolso en la mesa.

—¿Cómo te fue, amor mío? —preguntó acercándose a abrazarme, dejando un beso suave en mi cuello.

—Muy bien... —sonreí, cerrando los ojos al sentir su calor— ¿Qué estás haciendo?

—Un experimento de TikTok, —dijo con esa risa que me enamora cada vez.

—Estás loco, —me reí— Te amo.

—Te amo más...

Me separé de él con una sonrisa en el rostro.

—Voy a darme un baño, hace un calor horrible..

—¿Te sientes mal o algo? —preguntó con una repentina preocupación en la voz.

—¿Qué? No... ¿por qué?

—Solo preguntaba...

Su tono era sutil, pero yo lo conocía.

Esa preocupación no venía de la nada.

Desde que salió del centro de rehabilitación, vivía en alerta constante, como si su cuerpo recordara que, en cualquier segundo, su mente podía quebrarse otra vez.

Le sonreí y subí.

Pero mientras me desnudaba para meterme a bañar, sus palabras seguían en mi cabeza.

¿Y si no estaba bien?

Metí a lavar la lencería nueva que había comprado para él.

Chris amaba esas sorpresas, y yo amaba regalárselas.

[.....]

Salí de la ducha y lo encontré sin camisa.

Sus abdominales marcados, esos tatuajes que acaricié tantas veces.

—¿Qué pasó? —pregunté mientras me ponía una blusa.

—Me manché... como siempre..

—Siempre tú, —reí con ternura.

Comimos juntos, tranquilos.

Él era un excelente chef, y ahora eso lo mantenía vivo, enfocado, presente.

Cuando terminamos, subimos con una rebanada de pastel para cada uno.

Yo comía mientras él acariciaba mis piernas.

Ese contacto era parte de nuestro idioma, nuestro ritual, nuestra forma de decir: sigo aquí, contigo.

Pero entonces, Chris habló.

—Necesito estar haciendo algo.

Lo miré.

—Sí, concuerdo...

—Me da ansiedad estar en casa sin hacer nada. Me siento inútil. Me empiezo a perder...

Ahí estaba.

Ese eco de depresión silenciosa.

Que no se muestra con lágrimas, sino con insomnio. Con ansiedad. Con miedo al vacío.

—¿Y si haces ejercicio? —sugerí con suavidad.

—Ya lo hago, pero me sobra demasiado tiempo.
Antes tenía la agenda llena... rodajes, entrevistas, promociones... ahora, no sé qué hacer con todo esto.
Y si no me ocupo... empiezo a pensar cosas. Malas cosas..

Me dolió escucharlo.
Porque lo entendía.
Porque también me pasaba.

El porno no solo nos quitó dignidad, también nos quitó la rutina.

Y cuando el ruido desaparece, llega el silencio.
Y el silencio duele.
Aturde.
Consume.

—Podrías abrir una empresa, —le dije— Unificar tus marcas, organizar tu vida desde otro lugar. Ser el jefe, pero de tu paz.

Chris asintió. Me abrazó y recargó su cabeza en mi hombro.

—Te tengo a ti. Eso me salva. Pero no quiero que un día ya no me baste..

Yo acaricié su cabello, como si pudiera calmar su tormenta desde ahí.

—Estoy muy caliente, —dijo de pronto, sin filtro, como si su mente hubiera cambiado de canal sin previo aviso.

—Dime algo nuevo... —me reí.

Empezó a besar mi brazo, mi cuello, mis clavículas.
Sus besos eran medicina.
Eran salvación.
Eran casa.

Yo aún comía el pastel, pero lo dejé de lado.

—Deja termino...

—Ya —dijo metiendo la mano bajo mi blusa.

Un niño.
Un adicto a mi cuerpo.
A nuestra conexión.

—Ven pues... —susurré.

Lo besé con pasión. Desenfrenada. Urgente.

Lo deseaba tanto...
Pero no solo sexualmente.
Lo deseaba en mi alma.
Lo necesitaba vivo.
Presente.
Libre.

Me tumbó sobre la cama.

Mis piernas abiertas, su cuerpo entre ellas.

Me quitó la blusa con una sonrisa, como si abriera un regalo.

—Estás tan hermosa...

¿Y SI LE PEDIA QUE REVERTIERA LA VASECTOMÍA?

QUERIA UN HIJO SUYO

Pornstar LoveDonde viven las historias. Descúbrelo ahora