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Parecíamos adolescentes.

No por la novedad, sino por el nerviosismo.

Por la distancia emocional que había entre nosotros.
Por ese silencio incómodo que hablaba más que cualquier grito.

Chris me abrazó fuerte.
Sentía su respiración agitada en mi cuello.

—Te amo... —dijo con voz baja, casi suplicante—. Por favor, no estés molesta conmigo. No hoy. No ahora.

Bajé la mirada.

El resentimiento seguía ahí, doliéndome.

Pero también sentía dentro de mí a nuestra hija queriendo salir al mundo.

—No recibamos a nuestra bebé mal —susurró él.

Lo miré. Sus ojos estaban rojos, su frente arrugada por la angustia.

Fingí una sonrisa, con el corazón roto pero dispuesto.

—Hay que iniciar... porque esto me está matando —dije con la voz temblorosa, sin dejar de mirarlo a los ojos.

Me senté en la orilla de la cama.
Él se arrodilló frente a mí.

Nuestros cuerpos se encontraron otra vez, pero no con deseo... sino con propósito.

Chris me penetró con una lentitud reverente, como si supiera que esta vez no era solo sexo...
Era una conexión más profunda. Una ayuda. Un llamado a la vida.

Nos miramos.
Sin besos. Sin lujuria.
Solo miradas llenas de preguntas, de culpa, de amor.

Dolía.
Dolía física y emocionalmente.
Escondí mi rostro en su hombro, como si con eso pudiera ocultarme del miedo, del dolor, de lo que estaba por venir.

Solo duramos un minuto.

—¡Yaa! —grité cerrando los ojos con fuerza, sintiendo el ardor recorrerme entera.

Chris se apartó de mí de inmediato, preocupado.

—¿Te lastimé?

—No. Solo me duele...

Se puso sus boxers rápido, temblando.

Se arrodilló frente a mí y me tomó del rostro.

—Te amo, mi amor. Eres el amor de mi vida. Solo... solo quiero que lo sepas —dijo antes de besarme con fuerza, como si ese beso pudiera borrar todo lo malo entre nosotros.

—Te amo más —murmuré, con lágrimas silenciosas.

Me puse de pie lentamente. Cada paso era fuego.

—Llena la bañera... —dije, con el corazón latiendo como si fuera a explotar.

Chris obedeció sin decir una palabra.

Me ayudó a meterme con cuidado.

El agua caliente no aliviaba el dolor, pero me recordaba que aún estaba viva.

Apreté los labios. Cerré los ojos.
El dolor aumentaba.
Era real. Inminente.

—¿Qué hacemos? —preguntó Chris, nervioso—. ¿Llamo a emergencias?

—No —dije entre jadeos—. Tendremos a nuestra bebé aquí.

—¿Aquí? Kylie, por Dios...

—¡Tienes que ayudarme! —grité, con los ojos llenos de desesperación.

Llamé a la doula.

—¿Cómo es el dolor, Kylie?

—Pulsante... como contracciones, pero más abajo...

—Estás dilatando. El parto comenzó. Estoy en camino, pero vas a tener que inducir el proceso. No me va a dar tiempo.

—¿Cómo lo hago?

Las contracciones se intensificaban.

Hasta que grité, desgarrada.

—¡Hazme el tacto! ¡Ahora!

—¿El qué?

—¡Mete un dedo, ve si puedes sentir la cabeza!

Chris estaba pálido.

—Kylie...

—¡Hazlo! Has estado en millones de vaginas, ¡ahora usa esa experiencia para salvarnos!

Él tragó saliva. Se acercó, temblando.

Introdujo un dedo.
Sus ojos se abrieron como nunca.

—La siento... está ahí.

Lloré.

Y sonreí, todo al mismo tiempo.

Volvimos a llamar a la doula.

—Sáquenla de la bañera. Acuéstala en el piso. Chris, tú frente a sus piernas. Kylie, empuja. Cuando veas la cabeza, ayúdala a salir. ¡Voy en camino!

[.....]

Chris

Estaba en el suelo.
Frente a las piernas de la mujer que amo.
Con el alma fuera del cuerpo.

Nunca en mi vida había sentido un miedo así.
Jamás.

—¡Vamos, amor! —gritaba, pero mi voz se quebraba.

Kylie gritaba, sudaba, temblaba.

Y yo solo podía pensar en todo lo que habíamos vivido.

Todo lo que la lastimé.
Todo lo que ella sanó en mí.

—¡Kiaraaaa! —gritó Kylie, empujando como si se le fuera la vida.

Y entonces la vi.

Primero su cabeza.

Luego su cuerpo, caliente, frágil, real.

La tomé con manos temblorosas.

Y cuando lloró... sentí que todo el dolor se disolvía.

La coloqué sobre el pecho de Kylie.
Ambas lloraban.
Y yo también.

Me arrodillé a su lado.

—¿Yo hice esto? —pregunté en un susurro.

Kylie me miró.

Sus ojos eran océanos. Su rostro era luz.

—Tú hiciste esto..

Vi a mi hija.
Era perfecta. Inmensa en su pequeñez.

Y supe, supe en ese instante, que no importaba cuánto hubiera arrastrado mi alma en el infierno.
Había regresado.
Estaba en casa.

—Ustedes son mi paraíso —dije.
—Siempre lo serán.

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