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CHRIS

—¿Qué? —susurré, como si el aire se me hubiese escapado de golpe, llevándose también mi voz.

Me llevé una mano al pecho. No sentía nada. O tal vez lo sentía todo de golpe.

Mi madre me mostró la pantalla de su celular.

Era el auto de Kylie. Mi vida. Mi mujer.
La madre de mis hijos.

El coche... destruido. Destrozado.
Aplastado como si la vida le hubiera pasado por encima sin frenos.

Las luces de ambulancia lo rodeaban como buitres.
Y al fondo, un maldito tráiler... aún humeando.

Mi cuerpo comenzó a temblar.

No podía respirar.

No podía pensar.

Solo veía la imagen una y otra vez.

Y mi mente empezó a imaginar lo peor.

—¡VAMOS! —grité, rompiendo en un llanto seco, histérico—. ¡MI ESPOSA! ¡MIS BEBÉS! ¡NOOO!

Corrí al auto como si el tiempo me persiguiera con una guadaña.

Conduje como nunca en mi vida. Lloraba tan fuerte que apenas veía.

Me limpiaba las lágrimas con la manga, apretaba el volante, aceleraba como si pudiera ganarle a la muerte.

Todo esto era mi maldita culpa.

Si le hubiera puesto un alto a mi madre.
Si no hubiéramos discutido.
Si me hubiera ido con ella.
Si la hubiera amado mejor ese día.

Llegué y había paparazzis por todos lados.

Llegué y había paparazzis por todos lados

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No tenían ningún respeto.

Simplemente los ignore y entre.

—Kylie Jenner y Kiara Evans... —dije temblando frente al mostrador del hospital, con la voz quebrada, la mandíbula apretada.

La enfermera me miró con rostro grave.

—Acaban de ingresarlas, aún no tenemos información. Las bajaron hace unos minutos.

Me desplomé contra la pared.

El mundo se me vino abajo en un segundo.

Todo lo que había construido, todo lo que había soñado, pendía ahora de una sala de urgencias.

La culpa era tan profunda que me quemaba por dentro.

Mi asistente intervino.

—¿Puede averiguar algo? Lo que sea.

La enfermera asintió y se marchó.

Yo no podía parar de llorar.

Me temblaban las piernas, el estómago era un nudo. El corazón parecía latir fuera de ritmo.

No importaba la sobriedad, el pasado, el futuro. Nada tenía sentido sin ellas.

Regresó una enfermera.

—La bebé está estable. Solo una pequeña fractura en el brazo... Pero Kylie... Kylie y el bebé están muy mal.

El mundo se oscureció de nuevo.

No podía más.

—¿Dónde está mi hija?

—Sígame.

La seguí como un alma que camina sin saber si va a un cementerio o a un milagro.

Pero al escuchar su llanto... algo se encendió dentro de mí. Un reflejo. Instinto. Dolor. Amor.

Entré al cuarto y ahí estaba: mi Kiara. Rota, raspada, con un brazo dislocado y lleno de llanto.

La estaban sosteniendo con dificultad para ponerle el yeso.

Su carita roja de tanto llorar.

—Ya, papá está aquí... —dije entre lágrimas, acariciando su cabeza.

—Necesito que la sujete —dijo una enfermera.

—No... no puedo... —dije, cubriéndome la cara.

Me rompía completamente verla sufrir.

No era fuerte. No era el tipo de hombre que aguantaba. Era el más débil. El más roto. El más arrepentido.

Pero entonces... Kiara me miró.
Extendió sus brazos. Me necesitaba.
Y eso fue suficiente.

La senté en mis piernas. Ella me abrazó tan fuerte como pudo mientras el médico intentaba acomodarle el brazo.

—Perdón... perdóname... —dije besando su cabecita.

Lo repetí una y otra vez. Perdón por haber peleado. Perdón por no haberlas protegido. Perdón por no haberme subido al auto con ustedes.

[......]

Pasaron dos horas.

Kiara dormía en mis brazos, con el brazo enyesado, su cuerpecito respirando despacio.

Y yo... yo esperaba.

Mi alma estaba hecha trizas.

El auto se hizo polvo.

Un hierro filoso le había perforado la pierna a Kylie, dañando una arteria femoral.

Estaba perdiendo sangre.

Luchaban contra el reloj. Y el bebé... nuestro hijo...

—La vida de los dos corre peligro —me dijo el cirujano al fin, mirándome con ojos sinceros—. Tenemos que hacer una cesárea urgente. Hay un colapso vascular que impide que el corazón bombee sangre suficiente al bebé.

—Haga lo que tenga que hacer —le respondí—. Pero por favor... sálvelos. A los dos. Se lo ruego.

Y entonces llegó el momento.

Me llevaron a la sala de observación.

Me dejaron mirar por la ventana, con una bata desechable y las manos temblando.

Vi cómo abrían el vientre de Kylie.
Ella no estaba consciente.
No pudo ver a su hijo.
No pudo decirle hola.

—No es justo... No es así como debía ser. —susurré, con las manos contra el vidrio.

—¡Cuidados intensivos! ¡Muy poca actividad cardíaca! —gritó una enfermera, corriendo con mi hijo en brazos.

Mi bebé... mi niño...
Frágil, pálido, entre cables.
¿Iba a morir sin conocerlo?
¿Iba a crecer Kiara sin su madre?

Y entonces... el pitido.

Ese sonido...
El más temido en un quirófano.
El monitor cardíaco de Kylie comenzó a sonar.

—No. No. NO. —grité sin voz.

Me apoyé en el vidrio. Mis piernas colapsaron.

No podía ser verdad.
Kylie no podía morirse.
Mi vida no podía terminar así...

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