Dos estrellas del porno que se encontraron entre la ruina y el deseo.
Una historia de dos cuerpos usados por otros...
...que aprendieron a amarse en medio del ruido, el dolor, la fama y la oscuridad.
25-10-21.
BY: ITZEL LUGO.
De pie frente a la mesa que sostenía el documento que cambiaría mi vida para siempre.
El papel temblaba ligeramente por el viento del ventilador, pero no más que mis propias manos.
La pluma que tenía entre los dedos pesaba como si estuviera hecha de plomo.
Cada línea del contrato era una daga silenciosa: cláusulas, términos, tiempo, límites... si es que se les podía llamar así.
Todo se sentía irreal. Sucio. Violento. Pero necesario.
Mi mente no paraba: me imaginaba desnuda, penetrada, expuesta como carne en un escaparate.
Me imaginaba el lente de la cámara clavándose en mi piel, la respiración de desconocidos detrás de escena, la mirada de millones de hombres juzgando mi cuerpo en silencio.
Todo a cambio de algo que no podía comprarse de otra forma: la vida de mi padre.
Dentro de mí hervían emociones imposibles de nombrar: tristeza, culpa, vergüenza... pero también una esperanza tonta, herida, que me decía: "lo estás haciendo por amor."
—Tómate tu tiempo —dijo Olivia, como si eso pudiera suavizar lo que estaba a punto de hacer.
Respiré hondo. Volví a leer la última cláusula. Y firmé.
Una firma. Una tinta negra. Un alma partida.
—Bienvenida a la familia, PornHub —dijo Matt con una sonrisa que no me atreví a mirar.
Fingí una sonrisa. Fingí que estaba bien. Fingí que no acababa de vender mi libertad.
Los aplausos sonaron como un eco hueco.
Brindaron con copas de vino barato. Me entregaron un cheque. Cinco millones de dólares. Billetes manchados de sacrificio.
Miré el cheque con los ojos llenos de lágrimas que no podían salir.
Por fuera parecía riqueza. Por dentro, era una sentencia disfrazada de éxito.
[......]
Las primeras dos semanas fueron solo promoción. Sesiones interminables de fotos, entrevistas superficiales, maquillaje que ocultaba la desesperación. Mi nombre artístico era Lie J, porque ni de broma dejaría que alguien buscara mi verdadero nombre.
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Cada clic de la cámara era una nueva grieta en mi dignidad.
Fotos desnuda, semidesnuda, mordiendo un dedo, arqueando la espalda, haciendo poses que no sabía que podía hacer.
No era yo. Era un personaje creado para vender placer.
Mi Instagram se llenó de esas imágenes. No eran explícitas —no lo permitía la plataforma— pero eran lo suficiente para hacerme sentir que ya no me pertenecía.