Dos estrellas del porno que se encontraron entre la ruina y el deseo.
Una historia de dos cuerpos usados por otros...
...que aprendieron a amarse en medio del ruido, el dolor, la fama y la oscuridad.
25-10-21.
BY: ITZEL LUGO.
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Días de un dolor indescriptible nos esperaban.
No era tristeza. Era devastación. Era un agujero negro que se tragaba todo a su paso. El aliento. La esperanza. El alma.
Salimos del hospital con las manos vacías, pero con el corazón tan lleno de amor no entregado, que dolía cargarlo.
Los malditos paparazzis, sin respeto, nos fotografiaban en nuestro momento más vulnerable.
El morbo ajeno nunca descansa.
Sus flashes eran cuchillos que se clavaban en mi rostro empapado en lágrimas.
Nueve meses lo esperé. Nueve malditos meses soñando, acariciando mi vientre, hablándole en voz bajita por las noches. Y todo para salir... sin él.
Sin su calor. Sin su llanto. Sin su vida.
¿Qué se hace con toda esa ilusión que te revienta el pecho?
¿Dónde se guarda el amor que no alcanzaste a dar?
Chris caminaba junto a mí, empujando lentamente mi silla de ruedas.
Era un hombre roto.
Deshecho por dentro, pero sostenido por una sola cosa: nuestra hija.
Amaba la forma en que, a pesar de todo, se agachaba a abrazarla, a cantarle, a hacerla reír.
Kiara era su luz en medio de tanta oscuridad. Y él era su héroe. Mi héroe también.
Pero incluso los héroes se derrumban cuando se enfrentan a lo irreversible.
Teníamos que ser fuertes por ella. Aunque estuviéramos muriendo en silencio.
[.....]
Estaba en la habitación del bebé. Aun no terminábamos de decorarla.
La cuna estaba armada, esperando por alguien que nunca la usaría.
Un paquete de pañales intacto. Unos mamelucos azules. Una cobijita bordada con su nombre.
Christopher Alexander Evans.
Lo tomé entre mis brazos.
Era el primer conjuntito que compré cuando supe que era un niño.
Azul con rayitas blancas, tan pequeño que cabía en la palma de mis manos.
Lo acerqué a mi pecho. Lo abracé como si fuera él.
—¿Por qué, mi amor...? ¿Por qué tuviste que irte?
Era una pesadilla.
Y yo rogaba a Dios, al universo, a quien fuera... que me dejara despertar.
Lloré con una rabia que me quemaba por dentro. No era justo. No era justo.
Tocaron la puerta.
—Kylie... —dijo Stassie en voz baja desde el marco.
Me sequé las lágrimas rápidamente, como si eso pudiera disimular lo que pasaba dentro de mí.
—Debes comer algo...
—No tengo hambre.
Pero la verdad es que ya no tenía nada. No tenía apetito. No tenía paz. No tenía a mi hijo.
Miré por la ventana.
Chris estaba en el jardín, jugando con Kiara. Sonreía, aunque tenía los ojos destruidos. Y en ese instante lo supe:
Ese hombre estaba sosteniendo el mundo con una sola mano.
Y esa mano, era la de su hija.
[.....]
Una hora después, Chris subió las escaleras y me tomó en brazos.
No me importaba la silla. Él necesitaba abrazarme. Yo necesitaba sentir que aún estaba viva.
—¿Estás bien? —me preguntó, depositándome suavemente en la silla.
—¿Tú estás bien? —le respondí, mirándole los ojos inyectados y vacíos.
Él negó con la cabeza. Yo acaricié su mejilla y se la limpié con el pulgar.
Chris abrazó a Kiara y se fue al patio. Me quedé en la sala. Esperando.
—Come algo, Ky... —susurró Stassie a mi lado.
—¿Por qué tuvo que morir mi bebé? —pregunté con la voz hecha cenizas—. Lo esperaba tanto...
Ella me abrazó fuerte.
Intentaba sostenerme, pero ¿cómo se sostiene a una madre a la que se le acaba de morir el alma?
—Debes mantenerte fuerte por Kiara —dijo con dulzura, limpiando mis lágrimas.
—Lo sé... pero no puedo. ¡No puedo! —grité—. ¡Solo lo cargué cinco minutos, Stass! ¡CINCO MINUTOS! ¿¡Cómo se supera eso!?
—Él luchó todo lo que pudo, Kylie... solo quería conocerte. Quería irse en paz, sabiendo quién eras...
Negué con la cabeza.
—Él tenía que crecer, tenía que aprender a caminar, a leer... tenía que ir a la escuela con su hermana, tenían que pelearse por el control del televisor...
Me quebré por completo.
Volteé hacia el jardín.
Chris se arrodilló de repente.
Abrazó a Kiara con fuerza mientras rompía en un llanto gutural.
Un llanto de hombre que ya no puede más.
Y entonces...
lo vi.
El coche fúnebre. La caja blanca. Pequeña. Frágil. Demasiado pequeña para contener tanto amor.
Era nuestro hijo. Había llegado a casa. Y no iba a quedarse.
Grité. Grité como nunca antes en mi vida. Grité hasta que me dolió la garganta. Grité porque ya no sabía cómo llorar.
Stassie me sostuvo. Mi cuerpo temblaba. Mi corazón sangraba.