Era lo más horrible que había visto en mi vida.
Ni las escenas más crudas de una película podrían haberme preparado para esto.
¿Cómo se supone que debes reaccionar cuando ves al amor de tu vida destruirse lentamente... y no puedes hacer nada?
Christopher estaba ahí.
Hundido. Perdido. Poseído.
Ya no era el hombre que me había amado con dulzura, el que decoraba piscinas con pétalos, el que me hablaba del futuro con ojos brillantes.
Ese hombre se esfumó.
El que vi esta noche era solo un fantasma...
Un reflejo retorcido de lo que fue.
Estaba inclinado sobre la mesa, con una ansiedad tan inhumana que no parecía real.
Inhalaba desesperadamente mientras se inyectaba algo en los brazos.
Tenía los ojos vacíos, pero con una furia interna que no se podía ocultar.
Temblaba.
Sollozaba entre los dientes sin emitir sonido.
Parecía un niño perdido dentro del cuerpo de un hombre que el mundo solo valoraba por el tamaño de su pene.
Y en ese momento lo supe:
Christopher Evans estaba completamente roto.
Me alejé como pude, sin hacer ruido, con el alma rota y el corazón como vidrio molido dentro del pecho.
Caminé hasta el baño con las piernas temblorosas, como si mi cuerpo ya no me perteneciera.
Cerré la puerta y me derrumbé sobre el lavabo.
Las lágrimas bajaban sin permiso, calientes, implacables.
¿Cómo llegamos hasta aquí?
¿Cómo un hombre tan fuerte terminó cayendo tan bajo?
Yo me había ido para salvarnos a ambos.
Lo dejé porque creía que eso lo liberaría.
Que eso le daría espacio para buscar su libertad, para encontrarse a sí mismo, para... para tener paz.
Pero me equivoqué.
Lo había perdido.
Y ahora me sentía tan culpable que no podía ni respirar.
Fallé.
No lo salvé.
Y verlo así fue como clavarme mil cuchillos en el pecho al mismo tiempo.
Quería correr, abrazarlo, tomarle el rostro entre mis manos y suplicarle que pare.
Que por favor pare.
Que ya no se dañe más.
Que su cuerpo no es un producto.
Que no fue hecho solo para penetrar cuerpos desconocidos por dinero.
Que merece vivir una vida digna.
Con amor.
Con paz.
Con un propósito más allá de una cámara y un guion sucio.
Pero no lo hice.
No pude.
Tenía que recomponerme.
Tenía que salir de ahí antes de romperme del todo.
Me limpié el rostro como pude.
Respiré hondo.
Recordé las palabras de mi terapeuta:
"Respira. Habita tu cuerpo. Recuerda quién eres."
Pero, ¿cómo podía recordar quién era...
si lo único que me hacía sentir viva estaba muriendo frente a mí?
Salí del baño con el alma hecha cenizas.
—Stassie... —dije apenas al llegar a la mesa— Iré a la terraza un momento, necesito un poco de aire..
—¿Estás bien? ¿Estuviste llorando? ¿Viste al innombrable?
—Solo quiero estar sola unos minutos —dije, esforzándome por sonreír.
Tomé mi bolso y subí al segundo piso.
Al final del pasillo había un pequeño balcón con vista al cielo nocturno.
Era hermoso.
Me senté en una banca.
Y rompí a llorar, otra vez.
Se suponía que había venido a distraerme.
A olvidarlo aunque fuera solo por un par de horas.
Pero lo único que logré fue ver la destrucción en su forma más cruel.
Y no podía soportarlo.
¡Claro que él estaría aquí!
¡Estaba en una fiesta de actores porno!
El lugar donde los cuerpos valen más que los sentimientos.
Donde la fama se mide por la cantidad de orgasmos fingidos.
Donde el placer es negocio y el alma no importa.
¡Qué estúpida fui por venir!
Respiré profundo.
Intenté calmarme.
Miré las estrellas.
El cielo.
Siempre el cielo.
Ahí sí podía sentir paz.
Entre las nubes, las constelaciones, las luces lejanas...
Ahí sí podía fingir que todo estaba bien.
Me quedé ahí unos 30 minutos, perdiéndome entre galaxias, buscando respuestas donde solo había silencio.
Luego, miré el reloj.
Tenía que irme.
Me acomodé el vestido y me acerqué al pequeño espejo del balcón para revisar mi maquillaje.
Y fue entonces que escuché la puerta abrirse tras de mí.
Mi cuerpo entero se erizó.
—Chica, ¿te molesta si fumo? —preguntó una voz detrás de mí.
No podía ser.
No podía ser él.
No podía.
Volteé lentamente, como si el mundo se moviera en cámara lenta.
Y ahí estaba.
Christopher.
Sostenía un cigarro de marihuana en la boca, pero al verme se le cayó al suelo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Vacíos.
Rotos.
Llenos de asombro, de culpa, de amor...
Y de miedo.
Mis piernas temblaban como si el suelo se fuera a abrir.
Sus manos también temblaban.
Y por un momento, ninguno de los dos dijo una sola palabra.
Después de tantos meses... ahí estaba.
Frente a mí.
El amor de mi vida.
Convertido en ruina.
Y sin embargo, yo solo podía pensar en correr hacia él.
En gritarle que lo amaba.
En sacudirlo, abrazarlo, pedirle que por favor vuelva.
Que vuelva a ser él.
Que regrese del infierno.
Pero el infierno era todo lo que conocía ahora.
Y yo ya no sabía si podía entrar a salvarlo sin quemarme viva también.
Lo miré.
Y él me miró.
Y así, en ese balcón...
El universo decidió enfrentarnos con la versión más trágica de nosotros mismos.
ESTÁS LEYENDO
Pornstar Love
Hayran KurguDos estrellas del porno que se encontraron entre la ruina y el deseo. Una historia de dos cuerpos usados por otros... ...que aprendieron a amarse en medio del ruido, el dolor, la fama y la oscuridad. 25-10-21. BY: ITZEL LUGO.
