Dos estrellas del porno que se encontraron entre la ruina y el deseo.
Una historia de dos cuerpos usados por otros...
...que aprendieron a amarse en medio del ruido, el dolor, la fama y la oscuridad.
25-10-21.
BY: ITZEL LUGO.
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Estábamos esperando a nuestra hija.
Kiara Gizem.
Un nombre que yo misma elegí, porque significaba "bendición secreta" y eso era para mí: una promesa de luz después de tanta oscuridad.
Una pequeña vida que nacía no solo del amor, sino de las ruinas de dos personas que se reconstruyeron con las manos llenas de cicatrices.
Pero si soy honesta, el embarazo no era esa fantasía de película que todos me pintaban.
No era paz, ni magia, ni sonrisas constantes. Era dolor. Era náuseas constantes, hormonas como bombas de tiempo, ansiedad, insomnio y un cuerpo que ya no sentía mío.
Lloraba por todo. Me sentía cansada, fea, confundida. Pero también, cada que la sentía moverse dentro de mí, sabía que todo valía la pena.
Era mi bebé. Nuestra bebé.
Chris y yo nos preparábamos para el baby shower.
Había invitado a mis amigos más cercanos...
Y sí, también les mandé una invitación a mis padres, pero como siempre, la respuesta fue el mismo silencio cruel.
La rechazaron. Sin más.
Dolía. No voy a mentir: dolía.
Pero ya no me arrastraba por amor de quienes nunca me quisieron bien.
Yo tenía mi familia ahora. Yo la estaba formando.
—Te ves hermosaaaaa... —dijo Chris acercándose por detrás para besar mi cuello.
Sonreí al sentirlo. Aún con el caos dentro de mí, él tenía ese poder de calmarme con una sola palabra. Con una sola mirada.
Pero no voy a mentir: estaba embarazada... y más caliente que nunca.
Su sola voz me encendía. Su olor, su piel.
Verlo moverse por la casa sin camisa era una tortura deliciosa.
¿Cómo no quererlo si era el padre de mi hija... y el hombre que me hacía gritar cada vez que se metía entre mis piernas?
Sin decir una palabra, bajé la mano y la deslicé hasta su pantalón.
Lo miré a los ojos, decidida, sonriendo con picardía.
Él soltó una risita y me besó con fuerza.
—Te amo tanto... —susurró con voz grave, jadeante.
Desabroché su pantalón sin quitarle los ojos de encima y metí mi mano. Comencé a masturbarlo lentamente.
—Rápido —le pedí, casi suplicando.
Chris gimió, pero se apartó un poco.
—Kylie... ya van cinco veces esta semana, amor. ¿Y si le estamos haciendo daño a la bebé? La doctora dijo...
—Nos dijo que cuidáramos las posiciones, no que dejáramos de coger —le interrumpí, jadeando mientras le mordía el cuello—. Además... ¿cómo no hacerlo contigo?
Lo miré directo a los ojos y subí mi vestido, dejando mi ropa interior a un lado.
—Cógeme ahora, porque cuando nazca nuestra hija no habrá tiempo para esto...
Chris me miró y se rindió.
Éramos dos imanes, dos almas que se buscaban a cada instante.
Me llevó al baño lentamente, como si el tiempo se detuviera para nosotros.
Me inclinó sobre el lavabo. Yo sonreí frente al espejo.
Él bajó su pantalón, levantó mi vestido y se colocó detrás de mí.
Y me penetró con fuerza.
Mi cuerpo se estremeció entero, mis manos se aferraron al mármol del lavamanos.
—Fuck... —decía Chris con la voz ronca mientras me tomaba de las caderas.
—Vamos, mi amor... dame más... más... más... —gemía con desesperación, sintiendo cómo el calor subía desde mis pies hasta el pecho.
Podía vernos en el espejo.
Su cuerpo moviéndose tras de mí, sus ojos cerrados, las venas marcadas en su cuello.
Yo con la boca entreabierta, jadeando, retorciéndome de placer.
Estaba agotada, sí.
El embarazo me quitaba fuerza, pero la pasión que él me despertaba era más fuerte que el cansancio.
Él me hacía sentir viva.
Nuestras respiraciones entrecortadas se mezclaban con los gemidos y los golpes rítmicos de nuestros cuerpos chocando.
De pronto, Chris salió de mí y me dio una fuerte nalgada.
—¡Christopher! —exclamé entre risa y asombro, sobándome la piel.
—Se me antojó —dijo con una carcajada maliciosa.
Yo reí con él, volví a besarlo.
—Ya no más sexo hasta el lunes —dijo jadeando, agotado.
—Ya veremos... —dije arqueando una ceja mientras recogía mi ropa interior.