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El celular se deslizó de mis manos como si pesara toneladas.

Cayó al suelo con un golpe seco, mientras mis piernas temblaban y el mundo se me venía abajo.
Me quedé paralizada. Temblando. Rota.

La voz de mi madre aún resonaba en mi cabeza:

"Eres una decepción. Una vergüenza. No vuelvas a buscarnos."

Me tapé la boca, ahogando un grito de dolor.
Sentí que el pecho se me partía en dos.

—¿Qué sucede? —preguntó Chris, corriendo hacia mí. Me vio destrozada, me vio hecha polvo.

Tomó el celular del suelo y leyó el mensaje.
Se le endureció el rostro.

—Mierda... —dijo en voz baja.

—Necesito ir a Los Ángeles. Ahora. —Mi voz era apenas un susurro, pero llena de urgencia—. Necesito verlos, necesito explicarles...

Chris no dijo nada más.
Solo sacó su teléfono y comenzó a hacer llamadas.
Y cinco horas después, estábamos despegando en su jet privado.

Yo iba con la cara pegada a la ventana, llorando como una niña que lo ha perdido todo.

Porque sí... lo había perdido todo.

Mis padres eran mi motor, la razón por la cual lo soporté todo: las cámaras, los hombres, los guiones asquerosos, la falsa sensualidad, el vacío detrás del maquillaje.

Lo hice por ellos. Por papá. Por su vida.
Y ahora me daban la espalda como si yo fuera basura.

[.....]

La noche ya había caído cuando aterrizamos.
No me importó que no fuera hora de visitas, ni que estuviera vestida como un desastre.

Golpeé la puerta de la casa de mis padres con fuerza.

—¡Mamá! —grité entre sollozos—. ¡Mami, por favor! ¡Ábreme!

Cuando la puerta se abrió, sentí un segundo de alivio.

Hasta que su mano se estrelló contra mi mejilla con una bofetada seca y brutal.

—¡LARGO DE MI CASA!

—Mamá, por favor... déjame explicarte... —dije, llorando con la cara roja del golpe.

—¡ERES UNA VERGÜENZA! ¡NOS DAS ASCO!

—Yo no tenía opción, mamá. ¡Te lo juro! ¡Lo hice por ustedes!

—¡NOS DECEPCIONASTE, KYLIE! —gritó entre lágrimas—. ¡EL CAMINO FÁCIL NO ES LA SALIDA!

—¡Gracias a eso papá está vivo! ¡Él está aquí, contigo!

—¡NO DIGAS ESTUPIDECES! ¡ERAS NUESTRO ORGULLO! ¿¡Y TE VENDISTE ASÍ!?

Caí de rodillas.
Ya no me quedaba dignidad.
Ya no me quedaba orgullo.

—Perdóname, mamá... —supliqué entre llantos—. No sabes lo que he sufrido. No sabes todo lo que sacrifiqué. Lo hice por amor. ¡Por ustedes!

—¡ERES NUESTRA ÚNICA HIJA! ¡TE CRIÉ CON VALORES! ¡TE DI TODO! ¡Y MIRA EN LO QUE TE CONVERTISTE!

—¡ENTIENDE QUE LO HICE POR MI PAPÁ! ¡PORQUE LO AMO! —grité, desgarrada.

Mi madre me miró como si fuera un ser repugnante. Como si no fuera su hija.

—Vete. No quiero volver a verte. Me das asco.

Eso me mató más que mil insultos.

Chris, que había permanecido detrás, finalmente dio un paso al frente.

—Señora, ¡ella lo hizo por ustedes! ¡Ella no tenía opción! ¡La obligaron!

—¡TÚ CÁLLATE! —le gritó mi madre, con el rostro deformado por la furia—. ¡ERES IGUAL DE ASQUEROSO QUE ELLA! ¡VENDERSE! ¡VENDER SU DIGNIDAD! ¿PARA QUÉ? ¿¡PARA SATISFACER A PERVERTIDOS!?

—¡Gracias a eso su esposo sigue respirando! —le gritó Chris—. ¡Ella se sacrificó! ¡Nadie la obligó! ¡Lo hizo con el corazón en la mano!

—Lo hice porque los amo... —susurré, sintiendo que la garganta se me cerraba.

Chris se agachó y me abrazó fuerte, me ayudó a ponerme de pie.

Yo solo quería desaparecer. Quería dejar de existir.

—¡LARGO! ¡NO QUIERO VOLVER A VERTE EN MI MALDITA VIDA! —gritó mi madre mientras me señalaba la calle—. ¡FUERA DE AQUÍ, MALDITA DESCARADA!

—¿Qué sucede? —preguntó una voz detrás. Mi papá bajaba las escaleras, confundido, lento—. Kylie... ¿mi amor?

Y entonces... el horror.

—¡SUCEDER QUE TU HIJA ES UNA CUALQUIERA! ¡ES UNA ACTRIZ PORNO! —le gritó mi madre con rabia.

—¿Qué? —susurró mi padre, mirándome con el rostro desencajado.

—¡Sí, Bruce! ¡Tu hija hace PORNO!

—Papá... —dije dando un paso hacia él, el alma destrozada—. No tenía opción. ¡Solo quería salvarte la vida! ¡Eras todo para mí!

Mi papá retrocedió, como si mis palabras fueran cuchillos. Se llevó una mano al pecho.

—¡Papá! —grité, corriendo hacia él—. ¡Papá, por favor!

Pero ya era tarde.

Bruce cayó al suelo. El rostro pálido. El cuerpo temblando. Un infarto.

—¡BRUCE! —gritó mi madre, hincándose a su lado.

Yo caí al suelo también, gritando su nombre.
El mundo se quebró en mil pedazos.
Todo se oscureció.
Todo dolía.

No podía respirar.

No podía vivir con esto.

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