Dos estrellas del porno que se encontraron entre la ruina y el deseo.
Una historia de dos cuerpos usados por otros...
...que aprendieron a amarse en medio del ruido, el dolor, la fama y la oscuridad.
25-10-21.
BY: ITZEL LUGO.
—No digas eso, por favor... —suplicó Chris con la voz rota, aferrado a mí como si su vida dependiera de ello—. Por favor... no...
Sus lágrimas mojaban mi rostro mientras me abrazaba con desesperación.
Besó mi frente como si ese gesto pudiera revertir el final inevitable.
—Es la realidad... —susurré apenas, con la garganta estrangulada por la pena.
Me alejé lentamente, y lo miré a los ojos.
Esos ojos que tantas veces fueron mi hogar, mi paz... ahora eran tormenta.
—Ya nada será igual después de esto... —dije, fingiendo una sonrisa que se rompía por dentro.
—Yo te amo... —pronunció, colocando con ternura una mano temblorosa sobre mi mejilla.
—Te amo más... —repliqué, conteniendo un sollozo—. Pero los dos sabemos que esto... ya no va a funcionar. No tenemos los mismos sueños, ni los mismos destinos..
¿Cómo se supone que abandone al amor de mi vida? ¿Cómo se puede soltar a quien se convirtió en tu todo?
Mi alma gritaba, lloraba, se desgarraba por dentro. Pero la realidad era tan fría como irrefutable.
—Por más que te ame... no puedo obligarme a vivir una vida que no deseo. Y tú tampoco puedes forzarte a vivir la vida que yo quiero... —dije mientras mis lágrimas caían silenciosas, como lluvia en medio del invierno.
Chris no respondió.
Se quedó congelado, en silencio.
Sus labios temblaban y su pecho se agitaba con cada respiración dolorosa.
Yo sabía que él entendía. Sabía que esto... era el final.
No porque dejáramos de amarnos. Sino porque amar no es lo mismo que coincidir.
No teníamos el mismo plan de vida. Él quería libertad. Yo quería raíces. Él quería seguir flotando. Yo quería un hogar.
Y así... ¿Qué sentido tenía seguir fingiendo?
Tal vez... la triste y cruel verdad era que él no era el amor de mi vida.
O quizás sí lo era... pero eso no significaba que fuera el hombre con quien compartiría mi futuro.
A veces, el amor de tu vida no es la persona con quien vas a envejecer.
A veces, es solo quien te enseña lo que no puedes negociar.
—Nuestro error fue no hablar de esto antes... —susurré con voz quebrada—. Nunca nos sentamos a imaginar el futuro. Solo... nos dejamos llevar por el ahora. Nos dejamos consumir por el amor, por el deseo. Y olvidamos preguntarnos si ese amor era suficiente para sostener una vida entera...
Chris bajó la mirada. Su silencio era más devastador que cualquier grito.
Me acerqué, con el alma hecha trizas y le di un último beso.
Un beso cargado de despedida, de dolor, de todo lo que no pudimos ser.
Tenía el corazón descompuesto. Me sentía partida a la mitad.
Pero me vestí.
Me cubrí el cuerpo... y lo más difícil: me cubrí el alma.
Porque si me quedaba un minuto más, no me iría nunca.
Sin decir una palabra más, tomé mi bolso y salí de la habitación.
Chris no me detuvo. Y eso dolió más que todo.
Porque a veces el verdadero amor... es dejar ir.
Dejé atrás la casa que habíamos convertido en un hogar.
Los muebles que elegimos juntos, las tazas que tenían nuestras iniciales, las películas grabadas en nuestra memoria, las sábanas empapadas de risas y deseo.
Todo eso... quedó atrás.
Nos separamos. Nos alejamos.
Y no porque nos hiciéramos daño, sino porque seguir juntos habría sido negar lo que cada uno era.
Eso fue madurez. Eso fue amor. Doloroso, brutal, desgarrador... pero amor al fin.
Porque nadie debería renunciar a sus sueños por amor.
Porque amar también es saber cuándo soltar, cuándo marcharse... aunque la otra persona sea el amor de tu vida.
Y entendí que, por más que dos personas se amen con el alma... no siempre están destinadas a estar juntas.
A veces, el amor verdadero... es el que sabe cuándo decir adiós.
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