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Era un día tranquilo en Sunagakure, y el sol brillaba cálidamente sobre las dunas, creando un ambiente pacífico en el hogar de Gaara.
El Kazekage se encontraba sentado en la suave arena del patio de su casa, observando a su pequeño hijo jugar. El niño, de cinco años, era una fotocopia de su padre: cabello rojo como el fuego, piel clara como la arena del desierto y ojos verdes intensos que brillaban con una curiosidad innata. Sin embargo, había algo más en él; había heredado el carácter dulce y curioso de [T/N], su madre. La mezcla de ambos era perfecta.
El pequeño levantó la vista de su juego, sus ojos reflejando una mezcla de alegría y melancolía. En su mano, sostenía un pequeño muñeco de arena que había hecho, modelando cada detalle con gran atención.
—Papá, ¿dónde está mamá? —preguntó, su voz suave pero llena de anhelo.
Gaara sintió una punzada en su corazón. Sabía lo mucho que su hijo quería a [T/N] y cómo su ausencia lo afectaba. Ella había ido a Konoha para ayudar a algunos amigos, una visita que había surgido de manera repentina, pero el pequeño no podía entender el porqué de su partida.
—Mamá está de visita en Konoha —respondió Gaara, esforzándose por sonar tranquilo y seguro—. Ella volverá pronto.
—¿Pero cuánto es pronto? —insistió el niño, su pequeño ceño fruncido reflejando una preocupación que le era familiar a Gaara.
Gaara sonrió, sintiendo que la ternura de su hijo albergaba la misma inquietud que él había sentido cuando [T/N] partió. Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando su brazo sobre la rodilla y dijo:
—Pronto significa que te verás con ella muy pronto. Como cuando cuentas hasta diez y llegas al final, así de rápido pasará el tiempo.
El niño parecía considerar la respuesta, sus labios curvándose en una pequeña sonrisa que iluminó su rostro.
—Entonces, si cuento muy rápido, ¿puedo hacer que vuelva más rápido? —preguntó, con la chispa de esperanza brillando en sus ojos.
Gaara no pudo evitar reír suavemente, sintiendo que su corazón se ablandaba ante la inocencia de su pequeño. Era una cualidad que le recordaba tanto a [T/N] que le era difícil resistirse a la ternura del momento.
—Tal vez. Pero también podemos hacer algo divertido mientras tanto. ¿Qué te parece si hacemos una tarjeta para mamá? Así cuando vuelva, tendrá algo especial de nosotros.
—¡Sí! —gritó el niño, saltando de emoción y dejando caer su muñeco de arena en el proceso—. ¡Podemos dibujarla con muchas flores! A ella le encantan las flores.
—Perfecto —dijo Gaara, levantándose y yendo hacia el interior, donde había una mesa de arte preparada para su pequeño artista. En la pared, había colgados varios dibujos que el niño había hecho anteriormente, todos llenos de colores y alegría.