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El sol de la Aldea Oculta de la Arena era un disco de fuego que quemaba la tierra, tiñendo el horizonte con un tono anaranjado y rojizo que anunciaba el mediodía. En el vasto campo de entrenamiento, donde el viento arrastraba finas partículas de arena, se encontraban cuatro figuras: Kankuro, el maestro marionetista; Temari, la estratega del viento; Gaara, el Kazekage y, para ellos, simplemente el hermano menor; y una joven kunoichi de cabello castaño y ojos dorados, conocida simplemente como [T/N], que había sido, por años, una pieza fundamental en el delicado equilibrio de sus vidas.
El campo era un espacio abierto, sin más obstáculos que unas cuantas formaciones rocosas dispersas, perfectas para un combate sin restricciones. El aire estaba cargado de la tensión propia de un entrenamiento serio, pero también de una familiaridad que solo el tiempo y las experiencias compartidas podían forjar.
[T/N] se encontraba de pie, con los pies firmemente anclados en la arena caliente. Sus manos, envueltas en vendas, se cerraban y abrían, sintiendo la textura áspera y el calor. Exhaló lentamente, el vapor de su aliento evaporándose casi al instante en la atmósfera seca. Frente a ella, a unos cincuenta metros, estaba Kankuro. Llevaba su característico traje de batalla, el rostro pintado con líneas moradas que le daban una expresión severa, y su gran rollo de pergamino, que contenía a sus preciadas marionetas, estaba atado a su espalda. Pero más allá de esa fachada, [T/N] podía sentir la familiaridad de su presencia, la calidez de su mirada, incluso a esa distancia. Llevaban años juntos, y la línea entre el compañero de equipo, el novio y la familia se había borrado por completo.
A un lado, bajo la sombra de una roca gigante, Temari y Gaara observaban. Temari cruzaba los brazos sobre el pecho, el gran abanico de hierro descansando a su lado. Su expresión era de seriedad y escrutinio. Gaara, por su parte, se mantenía en un silencio contemplativo, la calabaza de arena a su lado, sus ojos verdes inmóviles, como dos esmeraldas en el desierto. El aire que los rodeaba era tranquilo, pero cualquiera que los conociera, sabría que su atención estaba completamente centrada en el inminente combate.
[T/N] levantó la mano, haciendo un gesto a Kankuro.
—Kankuro, por favor, no te limites —dijo, su voz resonando con claridad en el vasto espacio.
Kankuro sonrió, una curva ladeada que no llegaba a sus ojos pintados, pero que [T/N] reconoció al instante. Era la sonrisa de la confianza, de la camaradería y del reto.
—¿Creíste que lo haría? —respondió él, su voz teñida de un ligero sarcasmo.
—Sabes que sí. Al principio, siempre lo haces —ella respondió, con una pequeña sonrisa en sus labios.
Temari, desde su lugar, frunció el ceño.
—¡Más te vale que la cuides, Kankuro! —gritó, su voz fuerte y clara—. Si esa chica sale con un rasguño, te juro que te arrepentirás de haber desestimado mi advertencia.