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El sol de la mañana se filtraba perezosamente por la ventana de la oficina del Hokage, pintando motas doradas sobre el escritorio atiborrado de pergaminos. Kakashi Hatake, ahora un veterano y respetado jonin, no sentía la calidez de los rayos. En su lugar, una mezcla de nerviosismo y culpa se arremolinaba en su estómago. Observó por enésima vez el reloj de pared. Todavía era temprano, pero la culpa ya pesaba sobre él. Había prometido llegar a tiempo.
—¿Problemas, Kakashi? —preguntó Tsunade con una sonrisa pícara, sin levantar la vista de sus propios documentos. Su voz, aunque suave, llevaba ese matiz de burla que él conocía muy bien.
—No... no, Hokage-sama —respondió, su mano inconscientemente tocando su cuello, donde una marca rojiza, casi imperceptible, se escondía bajo su banda ninja. Un recuerdo fugaz de la noche anterior, y una sonrisa se formó en sus labios, apenas visible.
—Últimamente estás muy distraído. ¿Acaso has encontrado un nuevo volumen de Icha Icha? —la risa de Tsunade resonó en la habitación, pero Kakashi solo negó con la cabeza, su máscara cubriendo su expresión.
—No es eso. Es solo que... he estado ocupado.
—Claro —murmuró ella, sin creerle ni una palabra. Llevaba años observando a Kakashi, y sabía que algo había cambiado. Ya no era el ninja solitario y distante de antes. Ahora había una luz en sus ojos, un secreto que lo rodeaba como un manto invisible.
El equipo 7, ahora un grupo de shinobis maduros, se reunió en su lugar habitual: el campo de entrenamiento 7. Sakura, una talentosa ninja médica, se masajeaba las sienes con frustración.
—Es el colmo. Llevo esperando media hora —refunfuñó.
—Relájate, Sakura —le dijo Naruto, con una sonrisa despreocupada—. Ya sabes cómo es Kakashi-sensei.
—No, Naruto. Es diferente esta vez —intervino Sasuke, su voz más grave que en su juventud—. Llevo semanas observándolo. Ha estado actuando de forma extraña.
—¿Extraña? ¿Más extraña de lo normal? —preguntó Naruto, rascándose la cabeza.
—Sí —confirmó Sakura—. Escapadas rápidas en las reuniones, llega tarde por las mañanas, casi no nos acompaña a comer... Y en la última misión, lo vi comprar un adorno de cabello en el Mercado de la Aldea Oculta entre la Niebla. ¿Para quién podría ser?
Los tres se miraron, la misma pregunta rondando en sus mentes. ¿Su sensei, el ninja que copia, el solitario Kakashi, estaba saliendo con alguien?
El silencio se rompió cuando una silueta familiar apareció a lo lejos, caminando con su habitual pereza. Pero algo en su andar era distinto, un leve resorte en su paso, como si estuviera... ¿feliz?
—¡Llegaste tarde, Kakashi-sensei! —exclamó Naruto, con las manos en las caderas.
—Lo siento, me perdí en el camino de la vida —respondió Kakashi, su ojo visible se curvó en lo que ellos sabían era una sonrisa.