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El sol de media tarde caía a plomo sobre Konoha, un calor pegajoso y húmedo se aferraba a la piel, presagiando una tormenta inminente. El aire olía a tierra reseca y a la electricidad que precede a la lluvia, una atmósfera que a [T/N], con sus veinte años, le resultaba extrañamente estimulante, aunque ahora mismo la frustración era su principal compañía. Se encontraba en el centro de entrenamiento, luchando con una nueva serie de sellos que se negaban a cooperar, ardiendo con un brillo verdoso y vibrando con una energía incontrolable. Respiraba con dificultad, el cabello pegado a la frente. De pronto, una sombra alargada, definida y poderosamente atractiva, se proyectó sobre ella. Un suspiro familiar, pero esta vez con un matiz ronco que nunca antes había percibido, resonó justo a su espalda, enviándole un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa.
—[T/N] —la voz de Neji, tan tranquila y controlada como siempre, hizo que cada músculo de su cuerpo se tensara, no por el esfuerzo, sino por algo nuevo, algo magnético, casi hipnótico. Había un eco de acero bajo la suavidad de su tono, una promesa implícita. La encontró con los brazos llenos de pergaminos de sellado que se desmoronaban, sus facciones tensas por la frustración—. ¿Problemas con tu... chispa hoy, [T/N]-san? Te ves particularmente feroz. ¿Quizás necesitas un toque... menos explosivo para aprender?
Ella se giró, el aliento atrapado en su garganta, para encontrarse con sus ojos aperlados, que la observaban con una mezcla de su habitual serenidad, una diversión apenas contenida, y un brillo que hasta ese momento le había pasado completamente desapercibido. Neji, su compañero de equipo en incontables misiones desde sus días de Genin, el que siempre la había visto como... bueno, como [T/N], la ruidosa, la impulsiva, la amiga con la que compartía el campo de batalla. Él, impoluto como siempre, con su cabello largo y oscuro cayendo con una gracia casi provocadora sobre sus hombros, su expresión estoica, pero sus labios... estaban curvados en una micro-sonrisa que lo hacía lucir peligrosamente atractivo. Era la encarnación de la elegancia y el poder, y ahora, de algo más.
—¿Problemas? ¡Pffft! ¡Claro que no, Neji! —protestó ella, su voz un poco más aguda de lo normal, justo cuando uno de los pergaminos se resbalaba de sus manos. —Solo estoy... reevaluando la tensión del papel. ¡Es una técnica avanzada de control de chakra! ¡Para ver hasta dónde aguanta el material!
Un segundo suspiro escapó de los labios de Neji, más audible esta vez, casi un roce de aire caliente contra su oído, enviándole otro escalofrío. Entonces, sin previo aviso, el Hyuga se movió. Fue un borrón de velocidad y gracia, una coreografía perfecta de eficiencia. Se acercó a [T/N], su proximidad repentina y el sutil aroma a menta y limpieza que lo acompañaba la hicieron estremecer. Antes de que ella pudiera parpadear, sus manos, fuertes y expertas, se deslizaron y, con una facilidad pasmosa, sujetaron los pergaminos sueltos, reorganizando la pila en sus brazos con una precisión asombrosa. El esfuerzo en su rostro era nulo, imperceptible. Ni un solo músculo se tensó más allá de lo necesario, pero la forma en que su camisa se tensó, el contorno definido de su espalda y brazos... una obra de arte.