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El golpe había sido brutal, demoledor. La imagen de Naruto y Hinata en su cocina, en su hogar, se había grabado a fuego en la mente de [T/N]. Las lágrimas, que antes habían sido silenciosas, ahora caían a mares, ahogándola en un océano de dolor. No había consuelo posible en Konoha, no con cada rincón de la aldea recordándole una vida que acababa de desmoronarse. Su pecho ardía, su estómago se revolvía con una náusea profunda. Tenía que irse. Lejos de la sonrisa despreocupada de Naruto, de la dulzura de Hinata, lejos de los recuerdos que la asfixiaban.
Mientras vagaba sin rumbo por las calles desiertas, con la bolsa de la compra olvidada en algún lugar del camino, un pensamiento se abrió paso entre la bruma de su dolor. Sasuke. Él siempre había sido un solitario, un nómada. Y el destino, o la cruel ironía, quiso que en ese preciso momento, la figura alta y familiar de Sasuke Uchiha apareciera bajo la luz tenue de un farol, con una mochila de viaje a sus espaldas. Su Sharingan, aunque no activado, parecía ver más allá de la superficie, más allá de la oscuridad de la noche, directamente a su alma herida.
Sasuke se detuvo, su mirada penetrante deteniéndose en ella. Su rostro, generalmente estoico, mostró un atisbo de sorpresa, luego de una comprensión silenciosa. Había algo en sus ojos que le decía que él lo sabía, o al menos, lo intuía. No preguntó, solo observó, su presencia un ancla en la tormenta.
—¿[T/N]?—su voz, grave y profunda, fue un susurro en la quietud de la noche.
[T/N] no pudo hablar, solo negó con la cabeza, las lágrimas redoblando su caída. Se sintió como una niña perdida, vulnerable y expuesta.
Sasuke no dijo nada más. Con un movimiento apenas perceptible, se acercó, y sin preguntar, la rodeó con su brazo. Fue un gesto inusual en él, casi torpe en su rareza, pero sorprendentemente firme y reconfortante. La atrajo hacia él, y [T/N] se encontró apoyada en su hombro, sintiendo la dura musculatura de su cuerpo, el familiar aroma a pólvora y bosque que siempre lo acompañaba. No intentó consolarla con palabras vacías, solo le ofreció su presencia, su silencio, su fuerza.
—Me iba a una misión larga—dijo Sasuke, su voz baja, resonando en su oído—. Fuera de Konoha. ¿Vienes?
[T/N] levantó la cabeza, sus ojos enrojecidos encontrándose con los de él. En su mirada oscura, vio una propuesta, una salida, una oportunidad para respirar lejos de todo. No había compasión, sino una oferta de escape, de acompañamiento en la sombra. Era el tipo de consuelo que solo Sasuke podía ofrecer.
Sin pensarlo dos veces, asintió. Él era su última esperanza de estabilidad, de escape. Y aunque el miedo y la tristeza la oprimían, también había una chispa de desesperación, de un futuro incierto pero alejado del dolor de su pasado reciente.
El viaje fue silencioso, pero no incómodo. La presencia de Sasuke era un bálsamo. Su paso era firme, decidido, y [T/N] lo siguió, dejando atrás los muros de Konoha, los recuerdos de un amor que había ardido y se había convertido en cenizas. Cada paso era una despedida, un adiós a la mujer que había sido con Naruto.