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El aire en el desierto de Sunagakure era denso, cargado con el calor abrasador del sol y un silencio opresivo que solo el crujir ocasional de la arena bajo los pies lograba romper. Era una tarde como tantas otras, pero una tensión invisible flotaba sobre la aldea, concentrándose particularmente en un área de entrenamiento aislada, lejos de la mirada curiosa de los aldeanos. [T/N] se encontraba allí, con los músculos tensos y la respiración regular. Sus ojos, profundos y llenos de una determinación inquebrantable, no se apartaban ni un segundo de la figura imponente que se alzaba frente a ella: Rasa, el Cuarto Kazekage. El cabello cobrizo del hombre brillaba bajo la luz del atardecer, y sus ojos, una mezcla de oro y ámbar, la observaban con una mezcla de precaución y pesar.
—[T/N], esto no es necesario —dijo Rasa con una voz grave, su tono tan inamovible como las dunas que los rodeaban—. Te pido que te apartes. Gaara debe aprender a controlar su poder, a vivir con la soledad que le ha sido impuesta.
[T/N] negó con la cabeza, su postura firme, sus manos ligeramente levantadas en una señal de que estaba lista para defenderse. La arena que cubría el suelo parecía arder con la intensidad de la disputa.
—No puede seguir así, Kazekage-sama —respondió ella, su voz era un hilo firme, desprovisto de miedo—. Usted le está haciendo daño. Gaara no merece vivir con esta carga, con este miedo constante. No merece que usted lo trate como un arma.
Una sombra de dolor cruzó el rostro de Rasa, pero la endureció al instante.
—No sabes de lo que hablas —gruñó él, y el aire alrededor de ellos comenzó a vibrar. La arena a sus pies se agitó como si estuviera viva—. Gaara es un peligro. Un arma. Y si no aprende a controlarlo por sí mismo, alguien más tendrá que hacerlo.
La arena cobriza, la manifestación del chakra de Rasa, comenzó a elevarse del suelo en pequeñas volutas. No era como la arena de Gaara, que se movía con una voluntad propia, sino que se agitaba con una furia controlada, con un poder que prometía una destrucción total. [T/N] sintió la presión, el aire se volvió pesado, como si una mano invisible se cerrara a su alrededor.
—Entonces me interpondré —dijo ella, su mirada ni siquiera parpadeó. —Y si es necesario, le demostraré que Gaara tiene a alguien que lo protegerá. Alguien que no lo abandonará.
En ese instante, cualquier atisbo de razón se disolvió. Rasa la vio como una amenaza, una variable incontrolable que ponía en riesgo sus planes, sus métodos. Para él, [T/N] no era más que una distracción peligrosa, alguien que le daba esperanzas falsas a su hijo, y la esperanza, en Sunagakure, era un lujo que no se podían permitir.
Sin una palabra más, Rasa desató su poder. Un torrente de arena dorada, mezclada con polvo de hierro, se levantó en el aire y se transformó en múltiples picos afilados que se lanzaron contra [T/N] a una velocidad vertiginosa. El sonido metálico de las partículas chocando contra el aire resonó en el lugar. [T/N] reaccionó por instinto, moviéndose con una agilidad sorprendente. Evadió el primer ataque, rodando hacia la derecha, y el segundo, agachándose. Cada movimiento era fluido, preciso, producto de años de entrenamiento. Sin embargo, no tenía la intención de atacar. Su única meta era resistir, demostrarle a Rasa que ella no se rompería, que su determinación era tan fuerte como el hierro que el Kage controlaba.