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Deidara corría por el bosque, sus piernas tambaleándose bajo el peso del agotamiento y las heridas. El combate reciente con un grupo de ninjas de élite lo había dejado en un estado deplorable. Sangre goteaba por su costado, mezclándose con el barro que cubría su uniforme negro de Akatsuki. Con cada paso, su visión se volvía más borrosa.
Fue entonces cuando sus piernas cedieron, y cayó al suelo. La oscuridad amenazaba con engullirlo por completo, pero antes de desmayarse, alcanzó a ver una figura acercándose. Una voz suave, llena de preocupación, se filtró a través de su consciencia.
—¡¿Estás bien?!— preguntó una mujer, arrodillándose junto a él. Sus manos se movieron rápido, revisando sus heridas. —No puedes quedarte aquí. Te llevaré a mi casa.
Antes de que pudiera protestar, la oscuridad lo reclamó.
Cuando Deidara abrió los ojos, se encontró tumbado en una cama cómoda. Las paredes eran de madera, y el lugar olía a hierbas medicinales y tierra húmeda. Trató de incorporarse, pero un dolor agudo en su costado lo hizo retroceder con un gruñido.
—No te muevas.— La misma voz suave lo hizo girar la cabeza. Una joven estaba de pie junto a él, con una expresión serena pero decidida. —Tienes una herida profunda. La limpié y te puse vendajes, pero necesitas descansar.
Deidara la miró, tratando de descifrar sus intenciones.
—¿Quién eres tú, uh?— preguntó, su voz ronca.
—Me llamo [T/N]. Vivo cerca del bosque. Te encontré desmayado y no podía dejarte allí. Ahora cállate y déjame terminar de preparar este ungüento.
A pesar de su estado, Deidara sintió un atisbo de curiosidad y, quizá, un poco de gratitud. Sin embargo, no era alguien que confiara fácilmente.
—¿Por qué me ayudas, uh? No sabes quién soy.
Ella levantó la vista, sus ojos llenos de determinación.
—Tienes razón, no sé quién eres. Pero eso no significa que vaya a dejar que mueras.
Su respuesta desarmó a Deidara. Había conocido a muchas personas en su vida, pero nadie había mostrado ese nivel de desinterés por ayudarlo sin esperar nada a cambio. Decidió no cuestionarla más por el momento.
Los días pasaron, y Deidara se recuperó lentamente bajo los cuidados de [T/N]. Ella lo alimentaba, cambiaba sus vendajes y lo ayudaba a caminar cuando el dolor era demasiado intenso. Durante ese tiempo, Deidara comenzó a notar cosas que antes había ignorado: la forma en que su cabello brillaba bajo la luz del sol que entraba por la ventana, la suavidad de su voz cuando le hablaba y, sobre todo, la calidez de su presencia.
Una noche, mientras el fuego crepitaba en la chimenea, Deidara rompió el silencio.
—No deberías estar tan cerca de mí. Soy peligroso.