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El viento soplaba con una suavidad embriagadora sobre los tejados de la Aldea Oculta de la Hoja, arrastrando consigo el aroma dulzón de los cerezos en flor y el olor a tierra húmeda que siempre seguía a las lluvias matutinas.
Desde la rama más alta de un roble centenario que bordeaba los campos de entrenamiento, Itachi Uchiha observaba. A sus veintitrés años, su figura había abandonado por completo cualquier vestigio de la adolescencia. Sus hombros eran anchos y firmes bajo el chaleco táctico, su postura denotaba la elegancia letal de un depredador en reposo, y su rostro, cincelado con ángulos maduros y serenos, mantenía esa estoicidad impenetrable que tanto lo caracterizaba.
Las marcas bajo sus ojos oscuros, profundos como el abismo nocturno, le daban un aire de sabiduría y cansancio, pero en ese preciso instante, no había cansancio en su mirada. Solo había una intensa, aguda y casi dolorosa concentración.
Su atención estaba fija en una sola persona allá abajo: [T/N].
Ella reía. El sonido ascendía por el aire, vibrante y cristalino, golpeando el pecho de Itachi con la misma fuerza que un impacto físico. [T/N] tenía veintitrés años, al igual que él, y el tiempo había esculpido en ella una belleza que a Itachi le resultaba simplemente asfixiante.
Sus movimientos eran ágiles, su expresión estaba llena de una vitalidad que contrastaba brutalmente con la naturaleza silenciosa del Uchiha. Y en ese momento, esa vitalidad estaba siendo compartida con un Jonin de cabello castaño que se había acercado demasiado para el gusto de Itachi. El hombre le entregaba una cantimplora de agua, sonriéndole de una manera que hizo que la mandíbula de Itachi se tensara hasta que sus dientes rechinaron imperceptiblemente.
Un leve pulso de chakra, denso y oscuro, se filtró de su cuerpo, haciendo que las hojas a su alrededor temblaran.
Itachi cerró los ojos un instante, exhalando lentamente por la nariz para recuperar el control. Su mente, una bóveda de intelecto y estrategia, siempre se volvía un caos irracional cuando se trataba de ella. Había estado enamorado de [T/N] desde que tenía memoria. Desde aquellos días en la Academia donde él era considerado el genio intocable y ella lo miraba desde el otro lado del salón con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
Ella lo detestaba en aquel entonces. Itachi recordaba con una nitidez tortuosa cómo [T/N] bufaba cada vez que él acertaba en el centro de todas las dianas con sus kunais. Ella pensaba que él era arrogante, que alardeaba de su perfección y de su talento prodigioso solo para humillar a los demás.
La ironía de aquella época aún le causaba un nudo en la garganta. Él nunca alardeó. Cada lanzamiento perfecto, cada técnica dominada en tiempo récord, cada mirada silenciosa hacia el frente, todo lo había hecho con la desesperada y secreta esperanza de que ella, al menos por un segundo, lo mirara con admiración y no con ese desdén que le partía el alma. Quería ser perfecto para que ella lo notara, pero su perfección solo construyó un muro entre los dos.