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El sol de Konoha se filtraba entre las hojas de los árboles, pintando de dorado las calles del pueblo. Madara, con la adolescencia recién estrenada en sus ojos oscuros y penetrantes, caminaba sin rumbo fijo por los linderos del campo de entrenamiento. El fragor de las espadas chocando y los gritos de los aspirantes a shinobis resonaban a lo lejos, pero su mente estaba en otra parte. Estaba en la princesa del clan Hyuga, en [T/N].
Ella, con la gracia innata de su linaje, se movía como una danza incluso al realizar las más sencillas tareas. Sus cabellos largos y sedosos, del color de la noche, caían como una cascada sobre sus hombros, y sus ojos, perlas luminosas de un blanco etéreo, lo cautivaban sin remedio. Madara se sentía como un halcón que sobrevuela el nido de un gorrión; cada encuentro casual con ella era un evento para su espíritu indómito.
Un día, mientras Madara practicaba sus shurikens en un rincón apartado del bosque, un sonido lo alertó. Era ella. [T/N] se había adentrado en la floresta, buscando la soledad para sus propios entrenamientos con el Juken. Su rostro, normalmente sereno, mostraba una punzada de frustración al intentar perfeccionar una técnica. Madara, impulsado por algo más fuerte que la cautela, se acercó.
—No debes forzar tu chakra de esa manera —dijo Madara, su voz grave pero suave, rompiendo el silencio del bosque.
[T/N] giró bruscamente, sus ojos perlados ampliándose levemente por la sorpresa. Reconoció de inmediato al joven Uchiha. Madara era conocido por su talento y por su carácter, un enigma para muchos.
—¿Uchiha? —preguntó ella, una leve sombra de curiosidad en su tono, aunque su expresión se mantuvo imperturbable.
—El mismo. He visto cómo intentas ese movimiento —explicó él, acercándose un paso más, sus ojos observando sus movimientos anteriores—. Tu postura es impecable, pero el flujo de chakra... es como un río que choca contra una roca. Debe ser un torrente que fluye con la corriente.
[T/N] lo observó, una pequeña chispa de interés encendiéndose en sus ojos. Nadie se había atrevido a corregirla, y mucho menos a ofrecerle una perspectiva tan poética sobre sus propias artes. Se pasó una mano por el cabello, una de sus pocas demostraciones de nerviosismo.
—¿Y qué propones? —dijo ella, desafiándolo con la mirada.
Madara sonrió, una sonrisa rara y genuina que solo [T/N] había logrado provocar en él. Se posicionó a su lado, demostrando el movimiento con una fluidez que la dejó asombrada. Sus manos se movieron con precisión, el chakra visiblemente fluyendo con suavidad.
—Siente el aire, [T/N]. Permite que tu cuerpo sea uno con la energía, no solo un conducto. El puño suave, el Juken, es una extensión de tu alma, no solo de tu fuerza física —murmuró Madara, su voz casi un susurro.
Así comenzaron sus encuentros.
Al principio, eran lecciones improvisadas en la quietud del bosque, donde la naturaleza era su única testigo. Luego, se transformaron en charlas largas bajo el manto de la noche, escapadas furtivas a las afueras de Konoha, donde compartían sueños y temores que no podían confesar a nadie más. Madara descubrió la dulzura y la inteligencia de [T/N], la carga que llevaba sobre sus hombros como princesa del clan Hyuga, destinada a una vida de deber y restricciones. Ella, por su parte, vio más allá del temido nombre Uchiha, descubriendo la pasión y la lealtad que latían en el corazón de Madara. Sus manos se rozaban, sus miradas se entrelazaban con una intensidad que lo decía todo sin necesidad de palabras. El amor florecía en ellos, un capullo frágil pero hermoso en medio de un mundo de clanes y reglas estrictas.