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Desde el principio, desde la primera vez que la vio, Itachi supo que su vida estaba irrevocablemente ligada a la de ella. Era su compañera en la Academia, la chica con la que compartía el mismo sol y las mismas sombras en las aulas y en los campos de entrenamiento. Pasaban horas juntos, practicando las formas básicas del Taijutsu, compitiendo por quién lanzaba los shuriken con mayor precisión, y a menudo, escapándose para sentarse en la orilla del río Naka.
[T/N] no era solo un nombre, era una verdad arraigada en lo más profundo de su ser. Con su sonrisa brillante y un espíritu que no se rompía, había logrado lo impensable: capturar el corazón del prodigio Uchiha. Itachi no solo la observaba, sino que crecía a su lado. La vio convertirse de una niña ruidosa y vivaz, con una risa que resonaba en los pasillos de la Academia, en una kunoichi talentosa de Konoha, una igual en habilidad y convicción. En ese proceso, su afecto por ella, silencioso y abrumador, se transformó en un amor profundo, una brasa que se encendió en lo más recóndito de su pecho. Era un fuego silencioso que, en los días más oscuros, sería su único consuelo.
El amor de Itachi por [T/N] no era un capricho juvenil o una fantasía de la infancia. Era una verdad que definía su existencia, una fuerza que se nutría de sus experiencias compartidas. Vio en ella una honestidad tan rara como el amanecer, una determinación tan inquebrantable como el pico de una montaña, y una luz en sus ojos que se encendía con cada pequeño triunfo. Itachi, por su parte, se veía a sí mismo como un ser destinado a la sombra, a cargar con el peso de la aldea y su clan. Incluso en aquellos días de paz, sentía la pesada carga de la responsabilidad, una que lo obligaba a distanciarse emocionalmente para ser más eficiente y letal. Pero [T/N] era la única que lograba penetrar esa armadura.
Con una simple pregunta, con una mirada de preocupación, ella lo hacía sentirse visto, lo hacía sentirse humano. Su deber, un concepto que lo consumía desde su más tierna infancia, se bifurcó. Su deber ya no era solo para con Konoha o para con su hermano menor, Sasuke. Ahora, su deber también era protegerla a ella, a toda costa, aun si eso significaba manchar su propio nombre de la manera más impensable.
La noche de la masacre del clan Uchiha fue un infierno en la tierra. Un lienzo de oscuridad, sangre y gritos que él mismo pintó con sus propias manos, siguiendo órdenes que ningún shinobi debería recibir. Los recuerdos se mezclaban con los charcos de sangre que se acumulaban en el suelo, con los rostros de sus familiares que caían, con el peso de la katana en su mano. La culpa era una serpiente que se enroscaba en su garganta, una asfixia lenta y dolorosa que solo se intensificaba con cada vida que arrancaba. Y mientras su arma se teñía de rojo, su mente, en un acto desesperado de autoconservación, se aferraba a un único faro de luz: el rostro de [T/N]. Sus ojos, brillantes y llenos de una vida que él estaba arrebatando a otros, se convirtieron en su única justificación, su única razón para continuar. Cada golpe, cada genjutsu que lanzaba, era un martillo que golpeaba su alma, pero la visión de ella, sonriendo en el campo de entrenamiento, la mantenía intacta. Lo hizo por su aldea, para evitar una guerra civil. Lo hizo por Sasuke, para que él pudiera vivir. Y lo hizo por ella, para que pudiera vivir en paz, segura de que su mundo, el mundo que él había ayudado a construir, no se desmoronaría.