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El sol se filtraba a través de las hojas de los árboles del Bosque de la Muerte, pintando el suelo de un dorado moteado. Para la mayoría, aquel lugar era un campo de entrenamiento brutal o el hogar de bestias peligrosas. Para Shisui Uchiha y [T/N] Nara, era su santuario. Allí, lejos de las miradas vigilantes de la aldea, lejos de las tensiones que se cocinaban a fuego lento en cada rincón de Konoha, podían ser simplemente ellos mismos.
Shisui, con su cabello oscuro enmarcando un rostro que alternaba entre la seriedad de un shinobi y la calidez de un joven, se recostó contra el tronco de un viejo roble. Sus ojos, profundos y de un ébano tan oscuro como la noche, observaban a [T/N]. Ella, con su coleta alta y una expresión que denotaba una inteligencia silenciosa, estaba trazando patrones en el suelo con una ramita. No era su sombra lo que manipulaba, sino un simple gesto para liberar su mente. Su rostro, que en su clan se asociaba con la tranquilidad y la sabiduría, mostraba una leve arruga en el entrecejo, una señal sutil de la inquietud que se había instalado en su corazón.
—Me pregunto si los árboles saben la diferencia entre la paz y la guerra —murmuró Shisui, rompiendo el silencio que se había extendido entre ellos.
[T/N] levantó la vista, sus ojos de un suave color marrón miel se encontraron con los de él. Sus labios se curvaron en una sonrisa débil, pero la arruga en su frente no desapareció del todo.
—Para ellos, es lo mismo, Shisui. Solo saben de estaciones y de vientos. El conflicto de los humanos les es ajeno.
—Ojalá fuera tan simple para nosotros —dijo él, su voz teñida de una melancolía que a [T/N] no le pasó desapercibida.
Ella se incorporó, sacudiendo la tierra de su falda. Se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para que el calor de su cuerpo le resultara reconfortante. El aire entre ellos vibraba con una tensión que no tenía nada que ver con el peligro físico, sino con algo mucho más complejo y sutil. Era la tensión de las palabras no dichas, de las miradas que se extendían un segundo más de lo necesario y de los sentimientos que flotaban como hojas en la brisa, sin atreverse a aterrizar.
El lazo entre ellos había sido forjado en la Academia, perfeccionado en el campo de entrenamiento. Shisui, el prodigio Uchiha, destinado a la grandeza. [T/N], la brillante estratega Nara, con una mente que rivalizaba con la de su padre. Eran una pareja inusual, pero complementaria. Él era el torbellino de movimiento, el que se adelantaba a los conflictos con una velocidad vertiginosa. Ella era la calma en el centro de la tormenta, la que planificaba y pensaba en las consecuencias. Juntos, eran un equipo formidable, pero fuera del combate, eran algo más. Un refugio.
En las últimas semanas, sin embargo, ese refugio se había sentido cada vez más frágil. La aldea de Konoha, que siempre había sido su hogar, parecía dividida. Los murmullos en los mercados, las miradas furtivas de los civiles cuando un Uchiha pasaba, los susurros en los pasillos de la Torre del Hokage; todo era un síntoma de una enfermedad que estaba corroyendo el corazón de la aldea. [T/N], como miembro del clan Nara, tenía una percepción más aguda que la mayoría. Su clan era conocido por su intelecto y su visión a largo plazo, y esas mismas cualidades le permitían percibir la amenaza que se avecinaba. Sabía, por la forma en que los ancianos hablaban, por las reuniones que se celebraban a puerta cerrada y por la creciente seriedad en el rostro de su padre, que algo terrible se avecinaba.