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Konoha estaba tranquila aquella mañana, pero en la mente de Shikamaru Nara había un caos silencioso. Sentado en el porche de su casa, el estratega más brillante de la aldea tenía el ceño fruncido y los brazos cruzados, mirando al cielo como si esperara que una nube le trajera la solución a su problema.
—Cinco años de matrimonio... ¿Qué se supone que se regala para algo así? —murmuró, rascándose la cabeza.
Su amigo Chōji apareció en la puerta, con una bolsa de papas fritas en mano.
—Fácil, regálale comida. ¿Qué mejor forma de demostrar amor que con algo delicioso?
Shikamaru lo miró con escepticismo.
—¿Comida? ¿En serio? ¿Eso es lo mejor que tienes? —suspiró—. No puedo aparecer con un plato de ramen y esperar que sea suficiente. Es mi esposa, Chōji. Esto es más complicado.
Horas después, Shikamaru decidió ampliar su búsqueda de consejos. En el parque de entrenamiento, encontró a Rock Lee, quien, tras escuchar su dilema, se puso de pie dramáticamente, con las manos en la cintura.
—¡Shikamaru-kun, no temas! El amor eterno se demuestra con pasión, esfuerzo y... ¡flexiones de amor! —exclamó, y de inmediato comenzó a hacer flexiones con un entusiasmo abrumador—. ¡Regálale un poema sobre cómo su juventud ilumina tu vida!
—¿Un poema? —repitió Shikamaru, arqueando una ceja.
—¡Sí! ¡Algo como: Tus ojos brillan como el amanecer sobre Konoha, y tu sonrisa es la primavera de mi alma! —dijo Lee, completamente emocionado.
—... Qué problema. —Shikamaru se dejó caer en el césped.
Mientras tanto, Tenten, quien estaba entrenando cerca, se acercó al grupo con una sonrisa burlona.
—Podrías regalarle algo práctico, como una nueva arma. A las mujeres también nos gustan las cosas útiles, ¿sabes?
—¿Un arma? —Shikamaru bufó—. ¿Qué se supone que voy a decir? Feliz aniversario, querida. Aquí tienes una kunai para cortar los vegetales. No, gracias.
Más tarde, mientras caminaba por el centro de la aldea, aún sin ideas, Shikamaru vio algo que lo hizo detenerse en seco: su esposa, [T/N], caminaba por la calle... con Gaara, el Kazekage. Ambos parecían absortos en una conversación, y Shikamaru sintió un pinchazo de curiosidad (y algo más) en el pecho.
—¿Qué está haciendo con Gaara? —susurró, entrecerrando los ojos.
Decidió seguirlos a una distancia prudente, asegurándose de que nadie lo notara. Los observó entrar en varias tiendas, mirando objetos aparentemente aleatorios: un jarrón, un collar, incluso un par de libros. Al principio, no entendía nada, pero luego cayó en cuenta.
—Espera... ¿Están buscando mi regalo? —murmuró, una sonrisa apenas asomándose en su rostro.
Justo cuando estaba por dar media vuelta para dejarlos en paz, sintió algo rodear sus tobillos. Miró hacia abajo y vio la arena de Gaara. En un abrir y cerrar de ojos, fue arrastrado hasta ellos.