Capitulo 156: Maquinas de Guerra

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Desde la cima del complejo de mando en Olympus Mons, el gobernador Valen observaba cómo las nubes rojizas del cielo marciano comenzaban a teñirse con estelas de fuego. El enemigo avanzaba con brutalidad matemática, sin emoción ni piedad. Desde que Hella Prime cayó, la marea droide se había volcado como un alud de metal y fanatismo por la meseta oriental, empujando sin descanso hacia la capital. Valen sabía que no podía detenerlos por completo, no aún, pero sí podía intentar ralentizarlos. Cada hora que ganaran era una hora que Vash Cortes podría usar para reagrupar la flota de defensa. Cada minuto que el enemigo tardara en llegar, era un minuto más para reforzar las murallas y completar el despliegue de blindados. Era tiempo, y eso era lo más valioso que tenían.

La orden fue clara: lanzar una ofensiva aérea limitada contra la vanguardia enemiga. No era una operación para destruirla, sino para golpear sus nodos logísticos, interrumpir momentáneamente su avance y medir la densidad de la cobertura aérea enemiga. Los escuadrones designados se armaron en los hangares de la base Rho-9, justo al oeste de la capital. Seis escuadrones Ala-X serían desplegados en formación de escolta, protegiendo a cuatro escuadrones de bombarderos Ala-Y, quienes serían los encargados de realizar las pasadas directas sobre las columnas enemigas. Sería una operación rápida, precisa y letal.

Los hangares temblaron al rugido de los motores activándose. Las compuertas se abrieron como mandíbulas hacia el cielo rojizo. Uno a uno, los cazas despegaron en formación cerrada, rompiendo el aire en trayectorias sincronizadas. Valen los observó elevarse desde la terraza de mando, las alas de los Ala-X brillando con el reflejo del sol marciano. Sabía que muchos de esos pilotos no regresarían.

La formación trazó una curva amplia, descendiendo a baja altitud para esquivar los radares enemigos. El terreno en esa región era irregular, plagado de colinas, cañones y formaciones rocosas, lo que les daba cierta cobertura hasta que alcanzaran la zona designada. Sin embargo, a medida que se acercaban al objetivo, las pantallas de los radares comenzaron a llenarse de ecos: cazas enemigos, muchos de ellos. Eran docenas, no… centenas de cazas buitre, desplegados en enjambres perfectos desde las naves de desembarco. El aire se llenó de señales de alarma. Las primeras ráfagas de fuego comenzaron a cruzar los cielos cuando el enemigo se percató del ataque.

El duelo aéreo fue inmediato y brutal.

Los Ala-X maniobraron con precisión quirúrgica, cortando a través de las formaciones enemigas en giros cerrados, ráfagas láser y explosiones de corto alcance. Pero por cada caza enemigo derribado, otro más tomaba su lugar. El enjambre parecía interminable, programado para cerrar y eliminar toda amenaza con una eficiencia que rayaba lo inhumano. Los bombarderos Ala-Y, por su parte, descendieron aún más, activando sus sistemas de puntería y desplegando una lluvia de bombas de plasma sobre las columnas enemigas.

Las explosiones sacudieron el terreno marciano con una violencia atronadora. Las primeras filas de droides fueron barridas, junto con blindados ligeros y unidades de artillería móvil. Algunas zonas del avance enemigo quedaron envueltas en fuego y humo, obligando a los droides a desviar parte de sus rutas. La ofensiva había logrado abrir heridas en la vanguardia. Pero no fue suficiente.

Desde las naves de mando enemigas, nuevas oleadas de cazas buitre fueron lanzadas. Una segunda línea de defensa aérea entró en combate, obligando a los bombarderos a abortar sus rutas y comenzar maniobras evasivas. Uno a uno, los Ala-Y comenzaron a caer, envueltos en llamas, desapareciendo entre nubes de humo oscuro. Las voces en los canales de comunicación se saturaban de gritos, instrucciones y últimas palabras. A pesar de los esfuerzos heroicos de los Ala-X, la superioridad aérea enemiga era abrumadora.

Los cielos sobre el desierto se convirtieron en una danza mortal, con estelas de fuego entrecruzadas y explosiones constantes. Los pilotos humanos peleaban con furia y habilidad, pero la realidad era que estaban siendo superados por la cantidad. Valen observaba las lecturas desde la sala de comando con el rostro endurecido. Los resultados no eran los esperados. El daño infligido a la vanguardia enemiga había sido notable, pero no decisivo. El enemigo ya estaba reorganizando sus líneas, sus algoritmos de combate adaptándose, moviendo refuerzos desde la retaguardia hacia los sectores dañados. La ofensiva apenas los había retrasado.

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