Groenlandia se había convertido en un frente extraño dentro de la guerra por la Tierra. A diferencia de los continentes densamente poblados, las incursiones droides en la vasta isla helada eran limitadas, casi simbólicas en comparación con la magnitud de la invasión global. Pequeños destacamentos de transporte descendían sobre bases aisladas, intentando sabotear instalaciones de comunicaciones, radares y centros de mando secundarios. Sin embargo, la resistencia local, reforzada por unidades de defensa estratégica, repelía estos intentos con relativa facilidad.
Los informes coincidían en un punto claro: Groenlandia no era un objetivo militar prioritario.
Pero sí era un objetivo psicológico.
Los analistas de inteligencia comprendieron pronto que los ataques no buscaban dominar el territorio, sino golpear el corazón del mando humano. El planeta ardía en múltiples frentes, y mientras el enemigo no lograra eliminar al liderazgo central de la resistencia, la moral humana permanecería intacta.
Mientras el presidente Tadeus siguiera vivo, la guerra continuaría.
En el búnker subterráneo enterrado bajo kilómetros de roca y hielo, el ambiente era denso, cargado de tensión permanente. Pantallas gigantes cubrían las paredes mostrando mapas en tiempo real de la batalla planetaria. Líneas de frente fluctuantes, zonas en rojo parpadeante, indicadores logísticos al límite y cifras que no dejaban de aumentar.
Tadeus permanecía de pie frente al centro de mando.
Habían pasado dos semanas desde el inicio del asalto masivo.
Dos semanas de combates ininterrumpidos.
Dos semanas de pérdidas que la humanidad jamás había imaginado sufrir.
El contador de bajas brillaba en su pantalla personal como una sentencia silenciosa.
400,000,000.
Y subiendo.
La cifra no representaba solo soldados. Representaba ciudades enteras, familias, generaciones completas desaparecidas en cuestión de días. Tadeus observó el número durante unos segundos más de lo habitual, pero no apartó la mirada.
Sabía que la Confederación también sangraba.
En algunos sectores, los ejércitos humanos lograban recuperar terreno, estabilizar líneas y transformar ofensivas enemigas en estancamientos prolongados. Era una guerra de desgaste brutal, donde cada metro recuperado costaba miles de vidas, pero donde la maquinaria droide también comenzaba a mostrar grietas.
La humanidad resistía.
Y resistir era ganar tiempo.
Fue entonces cuando la puerta del centro de mando se abrió violentamente.
Un oficial de inteligencia irrumpió jadeando, con la respiración entrecortada y el rostro marcado por el agotamiento extremo. Varias miradas se dirigieron hacia él, pero fue Tadeus quien habló primero.
—Informe.
El oficial proyectó un holograma inestable sobre la mesa táctica.
Una silueta inconfundible emergió entre datos de escaneo y trazos energéticos.
Una nave capital de tipo Lucrehulk.
—Confirmado, señor —dijo el oficial—. Señales de mando múltiples en su interior. Interceptamos comunicaciones… los líderes operativos del asalto terrestre están reunidos ahí.
El silencio que siguió fue absoluto.
Durante semanas, la Confederación había coordinado la invasión mediante nodos dispersos, evitando concentraciones de mando que pudieran ser atacadas. Aquella reunión era una anomalía.
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El Ascenso De La Humanidad
Science FictionDespués de que el mundo pasara por una terrible pandemia global la cual acabó con decenas de miles de vidas de todas las clases sociales y no solo eso si no que también el daño que dejó fue a a tal grado que dejó a decenas de países en quiebra. Las...
