En una ciudad llena de recuerdos donde pequeñas acciones las llevaron hasta ese momento. Amores y corazones rotos, el punto más alto de la felicidad y la más profunda de las tristezas.
Algo que nunca olvidarán.
-No he logrado dormir bien... Pregun...
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23 de octubre del 2022
El día comenzó como cualquier otro.
El aire frío de la mañana se filtraba por la ventana, y la luz del sol pintaba la habitación con un tono cálido y engañosamente acogedor. Pero en el ambiente flotaba una pesadez difícil de ignorar, como una sombra invisible que lo cubría todo.
Minnie seguía en cama, con la mirada fija en el techo, envuelta en una manta después de haber despertado hace un rato, mientras yo me levantaba con una idea clara en mente.
No podía dejar que este día pasara sin más.
Así que salí temprano, con un abrigo grueso y las manos metidas en los bolsillos, caminando por la calle con un propósito: conseguirle un pastel. No importaba que el ánimo no estuviera para una celebración grande, no importaba que el peso de todo lo que habíamos vivido últimamente hiciera que cada día se sintiera más gris... Era su cumpleaños, y quería hacer algo, aunque fuera pequeño.
Encontré una pastelería cercana y pasé unos minutos observando las opciones. No quería algo exagerado, solo algo simbólico, algo que le hiciera saber que su día aún importaba. Me decidí por un pastel pequeño con fresas y crema, sencillo pero lindo, y volví a casa con la caja en las manos, protegiéndola del frío.
Al entrar a la residencia, el silencio era pesado. La televisión estaba encendida, pero el sonido estaba bajo, y Minnie estaba en el sofá, abrazando una almohada, con la mirada perdida en la pantalla.
Respiré hondo antes de acercarme, sosteniendo la caja con ambas manos.
—Feliz cumpleaños, amor —dije, con una sonrisa suave, manteniendo la mejor expresión que podía darle.
Minnie parpadeó, como si la hubiera sacado de un trance. Sus ojos bajaron lentamente hasta la caja que sostenía y luego me miraron a mí. Por un segundo, no supe qué esperar, pero entonces, sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, frágil, pero real.
—Gracias, Miyeon —su voz fue baja, casi un susurro.
Me senté junto a ella y coloqué la caja en la mesa. Al abrirla, el aroma dulce del pastel se expandió en el aire. Era pequeño, con una capa de crema blanca y fresas brillantes encima.
—Sé que no estás de humor para una gran fiesta, pero al menos deja que te cante el cumpleaños.
Minnie bajó la mirada hacia el pastel y dejó escapar un suspiro.
—No tenías que hacerlo...
—Claro que sí.
Encendí la pequeña vela en el centro del pastel y la miré con expectativa.
—Vamos, es solo una vela, no te cuesta nada soplarla.
Minnie me observó por un momento, como si estuviera debatiéndose internamente, pero al final terminó rindiéndose con una sonrisa cansada.