En una ciudad llena de recuerdos donde pequeñas acciones las llevaron hasta ese momento. Amores y corazones rotos, el punto más alto de la felicidad y la más profunda de las tristezas.
Algo que nunca olvidarán.
-No he logrado dormir bien... Pregun...
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10 de diciembre del 2022
Había pasado un tiempo sin saber nada de Yuqi. En redes no aparecía, ningún mensaje, ni un "estoy bien" para calmar nuestras ansias. Gracias a Yena es que tenía actualizaciones de la pelirrosa, ya que seguía yendo a su casa cada que podía. La chica comentaba que la china respondía con monosílabos, que "parecía estar bien", pero a veces eso no era suficiente.
No podía quedarme quieta.
Tomé mi abrigo, guardé algunas cosas en la cartera y salí en dirección a su apartamento. No me importaba si no quería verme. Tenía que hacerlo, aunque sea para estar en silencio sentada a su lado, aunque mi plan hoy era otro.
Cuando llegué, toqué el timbre. Esperé unos segundos y nada. Volví a tocar, esperé un poco más. Escuché un leve movimiento, como pasos arrastrándose por el suelo. Finalmente, la puerta se entreabrió, y ahí estaba.
Yuqi.
Abría la puerta con un esfuerzo visible, como si el marco pesara toneladas. Su pijama tenía arrugas, como si la hubiese usado por días. El cabello estaba despeinado y las raíces marrones comenzaban a sobresalir, y su mirada... su mirada no tenía nada del fuego que solía brillar en ella. Era apagada, lejana. Tenía los ojos hinchados, las ojeras marcadas y un vacío silencioso llenando cada espacio entre sus gestos.
—Yuqi... —dije, casi en un susurro, apenas conteniéndome.
Ella bajó un poco la cabeza y se apartó, dejando que entrara sin decir palabra. Lo hizo con la misma energía que alguien que arrastra una cobija para volver a la cama después de abrirle a un visitante mañanero. Yo cerré la puerta con cuidado detrás de mí, sin hacer ruido, sintiéndome casi intrusa en esa quietud dolorosa.
Caminé hasta el sofá. Estaba todo apagado, parece que le gustaba la oscuridad que proporcionaba la casa. Las cortinas cerradas, la mesa con un par de vasos, una botella casi vacía, y ese olor denso, mezcla de encierro y alcohol viejo. Yuqi se dejó caer a mi lado, sin mirarme. Se frotó el rostro con ambas manos, como si tratara de arrancarse el cansancio.
—¿Cómo estás? —pregunté con cautela, sentándome con delicadeza junto a ella.
—No sé —murmuró, con una voz tan baja que me hizo doler el pecho—. No sé cómo estoy.
Me tomé unos segundos para responder. Quería tener cuidado, no presionarla, no... invadirla.
—Te ves... muy cansada —dije con sinceridad, pero en tono suave—. ¿Has dormido bien estos días?
Ella negó lentamente, sin levantar la mirada.
—No me he quitado el pijama. Ni me acuerdo cuándo fue la última vez que salí. He dormido... mucho, pero no descanso del todo por alguna razón.
Me incliné un poco hacia adelante, observándola con atención.
—¿Has comido algo hoy?
—Un poco de pan... un ramyeon que compré en la tienda de al lado.