En una ciudad llena de recuerdos donde pequeñas acciones las llevaron hasta ese momento. Amores y corazones rotos, el punto más alto de la felicidad y la más profunda de las tristezas.
Algo que nunca olvidarán.
-No he logrado dormir bien... Pregun...
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17 de noviembre del 2022
Desde el asiento del conductor, mantuve la vista fija en la entrada del edificio, mi pie tamborileando con impaciencia en el suelo del auto alquilado. Había estado esperando todo este tiempo, con las manos aferradas al volante y la mente llena de preguntas que no me atrevía a hacer.
Y entonces la vi.
Yuqi salió del edificio con pasos lentos, como si cada uno le costara un esfuerzo monumental. Su postura estaba hundida, sus hombros caídos en una derrota silenciosa, pero lo que más me golpeó fue su rostro.
Sus ojos estaban rojos e hinchados, las mejillas teñidas de un carmesí que solo podía significar una cosa: había llorado, y mucho.
Apreté los labios, sintiendo un nudo formarse en mi garganta. No necesitaba escuchar lo que había pasado para saber que todo había salido mal.
La observé mientras se acercaba al auto, su respiración entrecortada, sus manos apretadas en puños como si tratara de contener algo que amenazaba con desbordarse.
Sin decir una palabra, abrió la puerta del copiloto y se dejó caer en el asiento con un peso que parecía mucho más grande que el de su propio cuerpo.
Cerró la puerta con suavidad y giré mi rostro hacia ella, esperando que hablara, pero no lo hizo.
Me mordí el labio, debatiéndome entre preguntarle o darle espacio, pero la preocupación me ganó.
—Yuqi... —mi voz salió más suave de lo que esperaba—. ¿Qué pasó?
Ella mantuvo la mirada baja, fija en sus propias manos temblorosas sobre sus rodillas. Por un momento, pensé que iba a decir algo, que me explicaría, que compartiría aunque fuera un poco del dolor que claramente la estaba destrozando.
Pero en lugar de eso, su voz salió en un susurro débil, apenas audible:
—Llévame a casa, por favor.
La forma en que lo dijo me hizo sentir como si alguien me hubiese dado un puñetazo en el estómago.
No insistí.
No pregunté más.
Solo asentí con la cabeza, giré la llave en el encendido y puse las manos en el volante.
Mientras el auto avanzaba por las calles iluminadas de la ciudad, el silencio entre nosotras era ensordecedor. Y en ese silencio, sentí una verdad innegable golpeándome con toda su fuerza:
Yuqi había ido allí con la esperanza de recuperar algo.
Y había salido con el corazón hecho pedazos.
El viaje de regreso se sintió más largo de lo que realmente era. El silencio que envolvía el auto hacía que cada minuto pareciera eterno. Yuqi seguía con la mirada perdida en la ventanilla, sin decir nada, sin moverse, como si el peso de lo que había ocurrido aún la mantuviera atrapada en ese apartamento.