CXXVI

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23 de noviembre del 2022

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23 de noviembre del 2022

El trayecto en auto se sintió extraño.

El silencio en el interior era tan profundo que el motor del auto parecía el único sonido en el universo. Cada tanto, escuchaba el crujido del asiento cuando alguien cambiaba de posición, el roce sutil de la respiración contenida de Miyeon o el casi imperceptible movimiento de los dedos de Soojin contra su rodilla, como si con ello intentara anclarse a la realidad.

Yo solo miraba por la ventana, viendo pasar edificios y luces sin realmente percibirlos. Todo me parecía ajeno, como si el mundo allá afuera estuviera sucediendo en una dimensión completamente distinta a la mía. Como si todos esos transeúntes, todas esas vidas, siguieran con su rumbo mientras yo quedaba estancada en este limbo de dolor y confusión.

En algún momento, el auto se detuvo.

Shuhua habló sin rodeos, con la misma expresión impenetrable, la voz firme y sin emociones:

—Los padres de Soyeon están procesando el acta de defunción. Después nos encontraremos con ellos para elegir el ataúd y las palabras de la lápida.

Sentí una punzada en el pecho al escuchar esas palabras.

Acta de defunción.

Ataúd.

Lápida.

Cada una caía sobre mí como un peso imposible de sostener.

Nadie respondió al instante. El aire se volvió aún más denso.

Soojin asintió lentamente, sin decir nada. Minnie pasó una mano temblorosa por su rostro, todavía atrapada en la incredulidad. Miyeon mordió su labio inferior con fuerza, desviando la mirada como si eso pudiera alejarla de la realidad.

Yo apenas logré asentir.

No estaba segura de si Shuhua me había visto.

No estaba segura de nada.

7:12 PM

No sé cuánto tiempo transcurrió antes de que nos encontráramos con los padres de Soyeon.

Habíamos llegado a la funeraria, un edificio sobrio, con luces blancas demasiado brillantes, pasillos que olían a madera y desinfectante, y paredes tapizadas, ataúdes, urnas y flores que pretendían transmitir paz, pero que solo parecían una burla cruel.

Paz.

¿Paz para quién?

Para los muertos, tal vez.

Para los que quedábamos atrás, solo quedaba el vacío.

Nos guiaron a una sala donde nos mostraron diferentes opciones de ataúdes. Maderas claras, oscuras, lacadas, con detalles en plata, en oro, en cobre. Era absurdo, ridículo, como si de verdad importara el color o el acabado. Como si eso pudiera hacer alguna diferencia, cuando lo único cierto era que Soyeon estaría dentro de uno.

𝗔𝗻𝗱 𝘁𝗵𝗲𝗻, 𝒂𝒍𝒍 𝑓𝑒𝑙𝑙 𝐚𝐩𝐚𝐫𝐭  » (𝑮)ɪ-ᴅʟᴇDonde viven las historias. Descúbrelo ahora