En una ciudad llena de recuerdos donde pequeñas acciones las llevaron hasta ese momento. Amores y corazones rotos, el punto más alto de la felicidad y la más profunda de las tristezas.
Algo que nunca olvidarán.
-No he logrado dormir bien... Pregun...
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14 de octubre del 2022
Volver a casa después de todo lo que pasó en el hospital no fue el alivio que esperaba.
Recuerdo el momento en que la llevé fuera del edificio, el aire frío de la calle golpeándonos de inmediato. Soyeon estaba demasiado débil para caminar por sí sola, así que la ayudé, sosteniéndola con un brazo firme alrededor de su espalda. No dijo una sola palabra en todo el trayecto, ni cuando la subí al auto, ni cuando Shuhua trató de hacer algún comentario para aliviar la tensión, ni cuando finalmente llegamos a su departamento.
No dijo nada.
La vi sentada en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en la ventana empañada, su reflejo apenas visible en el cristal. No reaccionó cuando el auto se detuvo frente a su edificio, ni siquiera cuando Shuhua, con su habitual torpeza para manejar situaciones emocionales, se giró para mirarla y dijo en un tono suave, casi suplicante:
—Ya llegamos, Soyeon.
Nada.
Si no fuera por la tenue respiración que se notaba en su pecho, habría parecido una muñeca de porcelana rota.
Tuve que ayudarla a bajar del auto, y aunque no protestó, su cuerpo se sentía pesado, sin voluntad. Era como si estuviera dejando que la moviera solo porque no tenía la energía para resistirse.
Y ahora... ahora está aquí, en su departamento, pero no puedo decir que esté mejor.
Soyeon siempre fue pequeña, pero ahora parece aún más diminuta. Se envolvió en una manta gruesa, sentada en el sofá, con las rodillas contra el pecho, los ojos clavados en un punto muerto de la pared, apenas ha dicho más de tres palabras desde que llegó.
La luz tenue de la lámpara del salón proyectaba sombras sobre su rostro, acentuando las ojeras oscuras bajo sus ojos, el vacío en su expresión. Su piel, ya de por sí pálida, parecía aún más descolorida, y había una fragilidad en ella que me ponía los nervios de punta.
Siempre la vi como alguien fuerte, pequeña, sí, pero resistente. Ahora parecía hecha de vidrio, como si el más mínimo movimiento brusco pudiera hacerla trizas.
Me senté en el otro extremo del sofá, observándola en silencio.
No sabía qué hacer.
No sabía cómo hacer que vuelva a ser ella misma.
Y lo peor es que no estaba segura de si ella quería volver a serlo.
El silencio entre nosotras era casi sofocante. Estaba acostumbrada a que Soyeon se quedara callada, a que pasara largos minutos en su propio mundo, perdida en pensamientos que nadie más podía leer, pero esta vez, el aire a su alrededor pesaba de manera diferente.
Cuando habló, su voz era apenas un susurro.
—Soojin... —Mantuvo la mirada baja, con los dedos jugando distraídamente con la manta sobre su regazo—. ¿Qué pasó esa noche realmente?