CXXXVIII

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26 de febrero del 2023

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26 de febrero del 2023

Desperté temprano, como todos los días desde que llegué. El cielo aún no había terminado de teñirse de azul, y la luz que entraba por la ventana era suave.

Me giré, por inercia, hacia el lado izquierdo de la cama. El mismo gesto estúpido que hacía cada mañana.

Allí no había nadie, y aun así... lo seguía haciendo.

Podía dormir en el centro, podía estirarme, acaparar sábanas, cambiar de postura cuantas veces quisiera... pero no lo hacía. Desde que volví, duermo en la misma esquina, del lado derecho, dejando espacio, como si el otro lado aún le perteneciera, como si su silueta aún estuviera marcada en el colchón.

A veces, cuando despierto entre sueños, mi mano se mueve por reflejo, buscándola. Se posa sobre la tela fría del lado vacío, y en ese instante, lo recuerdo todo de nuevo.

Su ausencia me sigue afectando como si no hubieran pasado 95 días desde entonces.

Suspiré, me senté en la orilla de la cama y me quedé ahí unos segundos, con los codos sobre las rodillas y el rostro entre las manos. Mi cuerpo ya estaba despierto, pero el cerebro tardaba más en arrancar.

Finalmente, me puse de pie.

El pasillo estaba en silencio, como cada mañana. Caminé descalza hasta la cocina y preparé el desayuno sin pensar demasiado: arroz caliente, vegetales hervidos, y un poco de sopa que mi madre había dejado lista la noche anterior y que llevó a mi puerta, con la tarea de comerla toda. No tenía hambre, pero me obligué a comer algo. Había días en los que comer era una rutina más que una necesidad.

Tras fregar los platos, volví a mi habitación y me vestí con ropa cómoda, lista para salir a trabajar, pero antes... tenía que verla.

Caminé hacia el rincón más íntimo de la casa, aquel que había preparado días atrás, con el corazón en la garganta y las manos temblorosas: el altar en su honor.

Había colocado una pequeña mesa de madera oscura, cubierta por un paño blanco impecable. Encima, un retrato de Soyeon, ese en el que salía seria, pero con esa mirada de fuego que siempre tuvo. A su lado, un pequeño cuenco con arroz fresco, frutas recién puestas —especialmente, mandarinas—, y un par de platillos con lo que solía gustarle. Frente a todo, un incensario de porcelana con forma de loto, y un par de velas a medio derretir.

Me arrodillé frente al altar, doblando las piernas bajo mi cuerpo. Tomé un fósforo, lo encendí con cuidado, y luego prendí el incienso. Lo sostuve entre los dedos y lo levanté en alto, con ambas manos, en señal de respeto.

El humo comenzó a elevarse en espirales delgadas y suaves, como si subiera a buscarla.

Cerré los ojos.

Solo estuve ahí, respirando con ella, en silencio, pensando en todo lo que fue, en todo lo que aún me dolía, en lo que nunca pude decirle y en lo que, tal vez, aún podía sentir.

𝗔𝗻𝗱 𝘁𝗵𝗲𝗻, 𝒂𝒍𝒍 𝑓𝑒𝑙𝑙 𝐚𝐩𝐚𝐫𝐭  » (𝑮)ɪ-ᴅʟᴇDonde viven las historias. Descúbrelo ahora