En una ciudad llena de recuerdos donde pequeñas acciones las llevaron hasta ese momento. Amores y corazones rotos, el punto más alto de la felicidad y la más profunda de las tristezas.
Algo que nunca olvidarán.
-No he logrado dormir bien... Pregun...
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Habían pasado días desde que desperté en el hospital, y aunque mi cuerpo seguía débil, mis padres no tardaron en abordar el tema que, al parecer, llevaban días discutiendo entre ellos sin yo ser capaz de enterarme de nada. Me pidieron que habláramos en privado, y tan pronto como nos sentamos, mi madre fue la primera en hablar, sin rodeos, sin preámbulos, con esa firmeza que siempre me había hecho sentir que cualquier cosa que dijeran era una sentencia inquebrantable, especialmente en una situación como esta.
—Minnie, te vienes con nosotros a Tailandia, no hay discusión, la decisión ya está tomada.
Parpadeé, sintiendo el peso de sus palabras hundiéndose lentamente en mi pecho. Por un momento, creí haber escuchado mal. ¿Irme? ¿Ahora? Apenas estaba comenzando a procesar todo lo que había ocurrido en cosa de unos días, a acostumbrarme de nuevo a estar despierta y sobria, a lidiar con el torbellino de emociones que cada mirada de lástima o cada susurro a mis espaldas me provocaba, y ahora... ¿Simplemente querían que me fuera?
—¿Qué? —mi voz sonó más ahogada de lo que esperaba—. No, mamá, no puedo simplemente irme, mi vida está aquí, todo lo que conozco, todo lo que he construido... no es tan simple, madre.
—No puedes quedarte después de lo que pasó —replicó mi padre con firmeza, su voz inamovible como una pared de concreto—. Esto ha sido un escándalo y lo mejor para ti es alejarte de todo, de descansar con tu familia y transformar tu vida en algo nuevo y más sano.
Sentí una punzada en el pecho, una mezcla entre rabia e impotencia. Sabía que esto vendría, que tarde o temprano lo sugerirían, pero no esperaba que fueran tan directos, que dieran por sentado que aceptaría sin más. No era una decisión que siquiera estuvieran dispuestos a discutir, ya lo habían decidido por mí.
—Papá, mamá, entiendan... Mi trabajo está aquí, tengo contratos firmados, campañas en marcha, no puedo desaparecer de la nada por mucho que haya habido un escándalo... si me voy así como así, mi carrera estará enterrada.
—Haz lo posible por cancelarlo todo —insistió mi madre, su tono tan calmado y decidido que me desesperó—. Te ayudaremos con lo que haga falta, pero no puedes quedarte.
Negué con la cabeza, sintiendo cómo la frustración crecía con cada palabra. Me enderecé en el asiento, respirando hondo antes de hablar de nuevo, tratando de mantener la calma, aunque la idea de lo que estaban proponiendo me resultara imposible de aceptar.
—No es tan fácil, no es solo cuestión de cancelar cosas como si nada, esto es mi carrera. Trabajé muy duro para llegar hasta aquí, no pueden pedirme que lo tire todo por la borda... años y años de trabajo, no es justo.
Mi padre suspiró, pero su expresión no se suavizó ni un poco. Sabía que, en su cabeza, él ya había tomado la decisión correcta, que nada de lo que dijera cambiaría su perspectiva.
—Minnie, no estamos preguntando, estamos diciéndote lo que es mejor para ti. No puedes seguir aquí como si nada hubiera pasado, la gente habla, los medios no te dejan en paz, regresar a tu hogar es lo mejor para que todo se calme.