En una ciudad llena de recuerdos donde pequeñas acciones las llevaron hasta ese momento. Amores y corazones rotos, el punto más alto de la felicidad y la más profunda de las tristezas.
Algo que nunca olvidarán.
-No he logrado dormir bien... Pregun...
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03 de diciembre del 2022
Desperté en medio de la noche, con el cuerpo entumecido y la garganta seca. Sentía el frío de la madrugada filtrándose por la ventana, atravesando la fina tela de la sudadera que aún llevaba puesta desde el día anterior. Ni siquiera recordaba haberme quedado dormida, pero ahí estaba, boca arriba, mirando el techo de mi habitación con la mente en blanco.
La oscuridad me envolvía, apenas rota por la tenue luz de la pantalla de mi celular, que yacía sobre la mesa de noche. Estiré la mano con pesadez, mis dedos temblando levemente mientras desbloqueaba la pantalla.
03 de diciembre.
Ahí fue cuando el pensamiento llegó.
Han pasado diez días.
Diez días sin Soyeon.
Diez días desde que su voz dejó de existir. Desde que su número de teléfono se convirtió en una línea muerta. Desde que su presencia en este mundo dejó de ser algo tangible y se convirtió en un recuerdo, en un vacío insoportable.
Al principio, ni siquiera me di cuenta de que lo hacía. Pero ahora, cada mañana—o cada vez que despertaba en medio de la noche—, mi mente lanzaba la cuenta de inmediato, como si fuera lo más natural del mundo.
El 23 de noviembre del 2022, fue el último día en que respiró. Hoy es 3 de diciembre.
Diez días sin ella.
Y sigo aquí.
No sabía en qué momento había empezado a hacerlo, pero de alguna forma mi cerebro decidió que mi primer pensamiento al despertar sería un número. Una cuenta regresiva al revés. Un conteo estúpido que solo servía para recordarme lo mucho que la había perdido.
Al principio ni siquiera fui consciente. Tal vez fue al tercer día, cuando me quedé mirando el calendario de la cocina y noté cómo mi mano escribía la fecha sin pensar. Tal vez fue al sexto día, cuando abrí Twitter y vi las fechas de los titulares, haciéndome calcular de inmediato cuánto tiempo había pasado. O tal vez fue al octavo, cuando Yena —en una de sus muchas visitas— se quedó dormida en el sillón y yo, en medio de una de mis tantas noches de insomnio, me quedé en la cama contando los minutos hasta que amaneciera, murmurando la fecha en mi cabeza como un mantra inútil.
El amanecer llegó sin que me diera cuenta.
No supe en qué momento mi cuerpo decidió rendirse y dormitar por unas pocas horas, pero cuando abrí los ojos nuevamente, la luz grisácea de la mañana se filtraba por las cortinas, dándole a la habitación un aire lúgubre y apagado. No había sueños, no había descanso, solo otro día más.
El primer pensamiento que cruzó mi mente fue el mismo de siempre.
Diez días.
Solté un suspiro pesado y pasé una mano por mi rostro, sintiendo la piel fría y tirante por la falta de sueño. Me quedé unos minutos más en la cama, con la mirada perdida en el techo, mientras mi cerebro intentaba convencerse de que levantarme tenía sentido.