CXVII

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El cielo aún estaba oscuro, y el sol no había salido cuando el llanto suave de Oliver rompió el silencio de la madrugada. Harry, medio despierto y con el cuerpo aún adormecido, abrió los ojos lentamente. Era el turno de Louis para levantarse, pero al girar su cabeza hacia su omega, vio que estaba profundamente dormido, ajeno a los sollozos del bebé. La respiración de Louis era tranquila y suave, completamente ajeno al pequeño alboroto.

Harry sonrió débilmente ante la escena. Sabía lo exhausto que estaba Louis después de varias noches de desvelo. Con movimientos cuidadosos, Harry apartó las mantas, sintiendo el frío matinal en su piel, y se levantó de la cama. Sus pasos eran lentos y pesados mientras caminaba hacia la cuna de su cachorro.

Se inclinó sobre la cuna, y el pequeño Oliver, con su cabello rizado, lo miraba con los ojos entrecerrados, su llanto disminuyendo al notar la presencia de su padre.

-Lobito, ¿qué sucedió? -preguntó Harry con voz ronca por el sueño. El sonido grave de su voz pareció calmar al bebé, quien solo emitió un pequeño quejido en respuesta.

Desde el momento en que Oliver nació, había sido un cachorro muy tranquilo. Apenas lloraba, rara vez hacía berrinches, y Harry no podía sentirse más afortunado por ello. Sabía que otros padres lidiaban con noches interminables, pero Oliver, su pequeño lobito, parecía tener una naturaleza serena, algo que Harry apreciaba profundamente. Se inclinó y lo levantó con cuidado, acunándolo contra su pecho.

-Shh, todo está bien -susurró, acariciando suavemente la cabeza del bebé, sus dedos deslizándose entre los rizos claros.

Mientras lo acunaba, Harry no pudo evitar sonreír. Se sentía lleno de amor por su familia, por su pequeño cachorro, por el omega profundamente dormido a su lado. Estos momentos, en medio de la noche, en la quietud antes del amanecer, eran su tesoro. Y aunque el cansancio pesaba en sus huesos, la sensación de tener a su hijo en brazos hacía que todo valiera la pena.

-Estoy escribiendo un álbum para ti, lobito... -susurró Harry con una sonrisa mientras acunaba a Oliver contra su pecho.

El bebé se acomodó en sus brazos, calmado por el latido constante del corazón de su alfa. Harry siguió meciendo a su hijo, dejando que las palabras fluyeran como una promesa, incluso si Oliver aún era demasiado pequeño para entenderlas.

-Cada canción... cada acorde es para ti, para tu mamá, para todo lo que hemos construido juntos. -Harry acariciaba suavemente el pequeño mechón de cabello oscuro de Oliver-. Cuando seas mayor, escucharás todo esto y sabrás cuánto te amamos, desde el primer momento.

Sentía la inspiración latir en su pecho, como una melodía esperando ser escrita. No solo era un proyecto musical, era un reflejo de su vida, de la paz y el amor que había encontrado en su familia. Mientras acunaba a su hijo en la quietud de la madrugada, las letras y melodías comenzaban a formarse en su mente, suaves y dulces, como una nana.

-Algún día te cantaré estas canciones y te contaré la historia detrás de cada una... Cómo me diste fuerzas para seguir adelante, incluso en los días más difíciles -murmuró Harry, besando la cabecita de Oliver-. Tú y tu mamá son mi inspiración.

El cansancio se desvanecía al pensar en su álbum, una obra nacida del amor incondicional que sentía. Mientras observaba cómo Oliver cerraba los ojos poco a poco, Harry se prometió que cada nota que escribiera sería un tributo a los momentos como este: íntimos, serenos, llenos de significado.

-Este es para ti, mi pequeño lobito... y para todo lo que significas en nuestras vidas -finalizó en un susurro, antes de besar la frente de Oliver y devolverlo suavemente a su cuna.

Cuando Harry intentó volver a dormir, se dio cuenta de que su mente ya estaba demasiado despierta. Las ideas del álbum y la responsabilidad de ser padre lo mantenían alerta, imposible de ignorar. Con un suspiro resignado, se pasó una mano por el cabello despeinado antes de atarlo en una pequeña colita, un gesto automático que hacía cuando necesitaba concentrarse.

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