CAPÍTULO 77

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Twila tardó un par de días para conseguir convencer a su padre de dejarla viajar a Bolivia. Tal parecía que no se había tomado muy bien el regaño de Dakota.

Twila terminó por enterarse de que la razón por la que su padre había ido por Eli y sus amigos había sido porque Dakota le había dicho que si ella había enfermado había sido porque él jamás le había dado la oportunidad de enfrentarse al miedo de ser traicionada por su propia familia. Y Richard se había sentido ofendido. Y su humor había empeorado al enterarse de que su mejor abogado y su único amigo había decidido renunciar. Le había preguntado en varias ocasiones si ella sabía por qué había sucedido, pues se había enterado de que él había hablado con ella.

Twila sintió demasiada vergüenza de confesarle la razón por la que Leonardo había renunciado, y mucha más vergüenza como para contarle lo que había sucedido en la sala. Así que prefirió decirle que no sabía nada.

Al final, después de varios intentos, consiguió convencer a su padre para poder ir a Bolivia. Prometiéndole no cometer ninguna estupidez.

Los preparativos del viaje fueron breves. Twila descubrió que Rutland, Samantha y todos sus mercenarios ya se encontraban esperándolos en Bolivia.

(...)

Twila, cuando pisó el templo, extrajo a Excalibur de dentro de la bolsa de tela en donde la había colocado y se la ajustó en la espalda.

El templo estaba tal y como lo dejaron la primera vez que estuvieron en Bolivia. Las trampas que se habían activado en un inicio volvieron a activarse, pero esta vez la banda no tuvo problemas para evadirlas.

Cuando llegaron al área del portal no se sorprendieron al encontrar a Rutland, Samantha y los demás esperándolos.

Cuando llegaron al área del portal no se sorprendieron al encontrar a Rutland, Samantha y los demás esperándolos

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El puente que conectaba ambos extremos ya no estaba. En su lugar había una cuerda.

Rutland pareció verlos llegar porque los saludó con un leve movimiento de mano. Eso alertó a Samantha y a los demás. Los mercenarios desenfundaron sus armas y les apuntaron.

—Esta vez hay que concentrarse, chicos. Nada de distracciones —advirtió Twila.

—Buena suerte.

—Oh. —Pronto sujetó con fuerza su lanzadora.

—Y... ¿cuál es el plan? —preguntó Eli.

—Primeramente... no morir. Y segundo, ¿aún sigues con la idea de no matar a nadie?

Eli tragó despacio al ver la cantidad de mercenarios. Y recordó su muy reciente experiencia en Nepal. Pero aun así... respondió:

—Sí.

Twila soltó el aire.

—Bien. Al menos ahora contamos con Excalibur.

Twila se tomó de la cuerda y se deslizó hacia el portal. Adelantó sus piernas para que las plantas tocaran tierra y pudiera impulsarse hacia el frente. Desenfundó la Espada y sentenció:

Secretos de un ShaneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora