CAPÍTULO 87

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Mientras el viento de la noche soplaba y la lluvia caía a su alrededor, Twila caminaba por las desoladas calles mientras se abrazaba a sí misma y en una de sus manos sujetaba los incómodos tacones. Era evidente que después de lo que le había dicho, Adrián Powell ya no le ofrecería las mismas comodidades que cuando la invitó a cenar.

Miró hacia el cielo. Todo estaba completamente negro y las gotas caían a cántaros. Amaba la lluvia, pero en ese instante hubiera preferido que no estuviera diluviando. Tenía que regresar a la casa de Gimo y al parecer no había ningún taxi a las 10:00 p.m. Y el trayecto que le esperaba era larguísimo.

—Tal vez Eli tenía razón. Venir aquí fue una muy mal idea.

Bajó la mirada a la acera y siguió caminando.

De llegar tenía. Lento, pero seguro.

Levantó la mirada de la acera al escuchar un automóvil. Las luces de los focos se acercaron cada vez más hasta que el conductor detuvo la marcha junto a ella. Instintivamente retrocedió.

El conductor descendió del automóvil y se acercó a ella.

—¡Por Dios, Twila! Te vas a resfriar.

Leonardo corrió hacia ella, se quitó el enorme abrigo y la cubrió con él. No le importó que el agua comenzara a empaparlo a él también.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó ella mientras lo miraba atentamente.

—Tu hermano me llamó. Estaba muy preocupado por ti. Tenía miedo de que ese hombre te hiciera algo, por eso en cuanto Eli me dijo que estabas con él tomé mi automóvil y empecé a buscarte —la tomó de los hombros—. Ahora ven y sube al auto —la condujo al vehículo y le abrió la puerta del copiloto.

Twila subió y se refugió en el abrigo y en el cómodo asiento.

Leonardo cerró la puerta, rodeó el automóvil, abrió la puerta del piloto y se acomodó en el asiento antes de emprender la marcha.

—Gracias —le dijo Twila.

Leonardo la miró de reojo y le respondió:

—De nada.

Twila desvío la mirada del abogado y la fijó en la ventana.

No quería mirarlo. No podía. Sentía que se estaba volviendo loca. Desde el día en que Leonardo le había declarado sus sentimientos... el beso que se dieron... el recuerdo de su tacto la había atormentado, pero en su momento había hecho que su sangre hirviera... sus manos que buscaban con cuidado sobre su cuerpo, su fuerza contenida, su cara presionada tan íntimamente contra ella.

Temblando, recordando, Twila ni siquiera veía realmente la ruta. Los recuerdos en su cuerpo tanto como en su mente enviaban sensaciones ondulantes por toda ella: calor y frío, inquietud y curiosidad, un hambre extraña por tocar a Leonardo, a su vez, conocer sus texturas masculinas así como quería que él conociera las suyas.

Aquél era el problema. Había vivido toda su vida suprimiendo las sensaciones de su cuerpo y ahora que extrañamente estaban aflorado no sabía cómo sobrellevarlo. Y la realidad era que la idea de compartir intimidad con un hombre le seguía resultando insoportable y repugnante. A la hora de imaginarse en la cama con un hombre seguía produciéndole ganas de vomitar... pero cuando se imaginaba con Leonardo... esas sensaciones, hasta el momento desconocidas para ella, le recorrían el estómago y se concentraban en su vientre.

«Me estoy volviendo loca», se dijo a sí misma.

Una vez más Twila intentó concentrarse en la ruta, pero todo lo que podía pensar era en el instante cuando besó a Leonardo. La manera en que se abrazaron, hasta que no pudo respirar. Su boca, exigente y tosca, la había obligado a abrir la suya, para darle un beso tan duro y violento como el cuerpo masculino que se oprimía con intimidad contra el suyo. Se sintió confusa, perdida, y un poco asustada. No había imaginado así la respuesta de Leonardo después de su declaración. ¿Dónde estaban la ternura, la alegría, la dulzura de saberse amada?

Secretos de un ShaneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora