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capítulo 2,10

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Por que lo esperaban ya cinco cuidadores imperiales de animales, que lo ayudaron a bajar de la silla, se inclinaron ante él y luego, en silencio, le ofrecieron la libacion ceremonial de bienvenida. Vuschvusul probó apenas el vaso de malfil, para guardar las formas, y luego lo devolvió. Cada uno de los cuidadores bebió igualmente un trago, y luego todos se inclinaron de nuevo y se llevaron al murciélago a los establos. Todo se desarrollo en silencio.  
  Cuando el murciélago llegó al lugar que le estaba destinado, no toco la bebida ni la comida, sino que se enrollo enseguida sobre si mismo, se colgo de un gancho cabeza abajo y cayó en un profundo sueño de agotamiento. Lo que habia exigido de él el pequeño silfo nocturno habia sido un poco excesivo. Los cuidadores lo dejaron en paz y se marcharon de puntillas.
  En aquel establo, por cierto, habia muchas cabalgaduras: un elefante rosa y uno azul, un gigantesco grifo, cuya parte superior parecía de águila y la inferior de león, un caballo blanco alado, cuyo nombre fue conocido en otro tiempo fuera de fantasía, pero ahora se habia olvidado, algunos perros voladores, otros murciélagos también y hasta libélulas y mariposas para jinetes especialmente pequeños. En otros establos habia además otras cabalgaduras que no volaban, sino que corrían, reptaban, saltaban o nadaban. Y cada una de ellas tenía cuidadores especiales para su servicio y aseo.
  Lo normal hubiera sido que se oyera una considerable confusión de voces: bramidos, chillidos,silbidos, gorjeos,cantos de rana y graznidos. Pero reinaba un silencio total.
  El pequeño silfo nocturno estaba aún en el sitio en que el lo habia dejado. De repente se sintió abatido y desanimado, sin saber muy bien por qué. Pero él estaba agotado por el largo, larguísimo viaje. Y ni siquiera el hecho de haber sido el primero lo animaba.
  -Hola -oyó decir de pronto una vocecita gorjeante-, ¿no es nuestro amigo Vuschvusul? ¡Que bien que haya llegado usted por fin!
  El silfo nocturno miró a su alrededor y sus ojos de Luna se encendieron porque, en una balaustrada, apoyado negligentemente contra un tiesto de flores, estaba úckuck, el diminutense, agitando su rojo sombrero de Copa
-¡Huyhuy! -dijo el silfo nocturno desconcertado y, al cabo de un rato, repito otra vez -:¡Huyhuy!

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